MURO DE LA CABALLERÍA

Anecdotario

Hemos creado esta sección de “Anecdotario de la caballería Argentina” con la finalidad de ir completando este apartado con aquellas anécdotas que reflejen el sentir de la caballería.

Por ello requerimos la colaboración de todos aquellos, miembros o no del Arma, que en conocimiento de una anécdota referida o de interés de la caballería, nos la haga llegar por mail a la dirección que figura al pie de la página.

Asimismo, dichas anécdotas podrán ser incluídas en el anecdotario que esta Comisión publicará próximamente.

Todos los posibles colaboradores, deberán saber que, desde el momento en que se entregan sus propuestas, aceptan tácitamente las siguientes normas:

La Comisión del Arma de Caballería “San Jorge” (CACSJ), se reserva el derecho de aceptar o no la colaboración presentada. En el primer caso, si bien el autor figurará como tal en todo momento, el trabajo pasará a ser propiedad intelectual de dicha Comisión; en el segundo caso, el trabajo será devuelto a su autor sin que éste tenga derecho a reclamo alguno.

Al ser propiedad intelectual de la CACSJ, ésta podrá introducir modificaciones en lo presentado referidas a nombres, redacción o terminología, modificaciones que serán coordinadas con el colaborador. Si las circunstancias llevaran a que las modificaciones no fueran aceptadas, es decir no hubiera acuerdo sobre los puntos a cambiar y/o suprimir, el trabajo será devuelto al autor.

Podrá darse en caso que en forma separada más de un colaborador se refieran a una misma anécdota. En esa circunstancia, si la tarea es aceptada, la CACSJ los pondrá en contacto para que lleguen a un acuerdo con la presentación, pudiendo refrendarla más de un autor. Si la circunstancia a la que se refiere este punto se diera un lapso superior a los 30 días, tendrá vigencia la primera y la segunda será devuelta al o a los autores en las condiciones del punto 1, con la explicación de las razones.

Al pequeño y acongojado grupo lo dominaba la emoción. La esperanza los había abandonado y la pena lentamente iba ocupando su lugar.

El rigor de la siesta entrerriana de noviembre, los sonidos del campo, sus olores tan familiares, el murmullo del río cercano y la imponente masa verde de las forestaciones, le daban a la escena un entorno natural que me hizo pensar en que el desenlace del misterio se estaba produciendo en un marco ya previamente concebido.

De golpe sentí imperiosamente la necesidad de recordar y creo que ello fue hasta como un modo de compensar involuntarias omisiones que guardaron caricias y azúcares que desde ese momento y para siempre ya iban a ser tardías…

…A Pancho en verdad lo había conocido hacía poco tiempo. Supe de él allá por agosto del 76. El viejo 6 de Caballería, ahora de Tanques, iba a ser inspeccionado por la Remonta del Ejército. Con un grupo de subordinados encaré la tarea de preparar la visita y comenzó a desfilar ante mí nuestra menguada dotación de yeguarizos.

De aquellas jornadas recuerdo con absoluta precisión dos circunstancias que me impresionaron vivamente. Una fue el estado de salud y la belleza en su tipo de un carguero tordillo, reluciente y frizón, muy armónico y airoso no obstante su avanzada edad. La otra fue el cariño con que el Encargado de Ganado lo trataba y su dulzura cuando dialogaba con él.

Inevitablemente me tuve que acercar a preguntar por los datos del caballo y cuando me respondieron “es el Pancho y tiene 28 años”, advertí como un sordo reproche en la respuesta.

Las caricias y las palmadas que le propiné al pingo sirvieron para darme el gusto y para que no fuera tan severo en su juicio el Sargento Ayudante.

Finalmente concluyeron aquellas tareas previas y el moño lo puso el Encargado de Ganado, el que respetuosamente pero con singular firmeza, me reclamó que hiciera lo necesario para que a Pancho, a partir del momento que fuera reformado (esto es, retirado del servicio activo), no se lo despachara hacia un frigorífico y que en reconocimiento de su impecable foja de servicios, se lo mantuviera como agregado a la dotación de los caballos del Regimiento.

Al retirarse este hombre pensé en dos cosas. Una, estudiar detalladamente la ficha de Pancho. La otra me hizo recordar lo doloroso que resulta siempre separarse de un amigo muy querido. El Jefe del Regimiento escuchó mis argumentos y se comprometió en la jugada.

En Septiembre la inspección cayó puntual y gracias a Dios, el éxito coronó la expectativa y el suspenso previos. El Inspector dio testimonio de su vieja estirpe y Pancho quedó en el Cuartel reforzando pasivamente a sus congéneres.

Poco tiempo después el veterano tordillo tuvo su reconocimiento oficial. Consecuente con la tradición del Arma, el Regimiento completo participó de una formación de la tarde presidida por su Bandera de Guerra y en la que el homenajeado formó al frente de la tropa sostenido del diestro por su inseparable amigo.

Con su noble cabeza erguida, Pancho parecía escuchar atentamente la lectura de la Orden del Día por la que su Jefe decretaba su libertad irrestricta para desplazarse dentro y fuera de los límites del Cuartel y la terminante prohibición de todo contacto o seguimiento para el personal de cualquier jerarquía con el causante. (tributo doloroso que tuvo que pagar su amigo).

De orejitas bien paradas, disfrutó de la Diana ejecutada por la Fanfarria y cuando fue soltado, encaró alegremente el rumbo de su querencia que apuntaba a los fondos del Cuartel, estrenando así su bien ganada libertad.

Pancho nunca abusó de ella. Parecía como que respetara los espacios reservados a canteros y jardines que le daban un toque distinto a los severos ámbitos del viejo Regimiento.

La mayor parte de su tiempo transcurría en proximidades de la querencia. Daba gusto verlo, siempre de lejos, disfrutando del calor de la siesta, de los sonidos y los olores del campo, abrevando a orillas del Uruguay y contemplando el intenso verde de las arboledas. Para dormir, se cobijaba entre los restos de un abandonado horno de ladrillos.

Curiosamente, estas actividades en el Cuartel, Pancho las ejercía sólo de lunes a viernes. Ya cuando el sol de los viernes se estaba poniendo, se podía escuchar el paulatino acercamiento del sonido de herraduras sobre adoquines de las umbrosas calles del Regimiento que convergían hacia la Guardia. Surgía entonces la blanca, más blanca que de día, silueta de Pancho próxima al portón de salida y en actitud de espera, aguardaba a que le bajaran la cadena de seguridad para internarse hacia el sur cruzando las rojizas callecitas linderas al perímetro externo del Cuartel.

Hubo que dejarlo pasar. Jamás nadie supo adonde iba, y la angustia que se debatía entre la duda por su suerte y la terminante orden del Jefe, desaparecía no sin alivio, cuando en el crepúsculo de los domingos, el redondeado tordillo, previo paso por la Guardia, encaraba al trotecito para el lado de su querencia. ¡El viejo Pancho regresaba de franco!.

Como infortunadamente ocurre con muchas cosas de la vida, el deslumbramiento inicial por este hecho increíble, dio paso a la costumbre y fue así como los francos de Pancho se convirtieron en rutina.

Fue durante uno de los infrecuentes momentos de calma que teníamos por aquellos agitados y vilipendiados días.

Allá por noviembre del 77, acompañábamos en el almuerzo con mi mujer al Jefe y a su señora. La mesa se había tendido en la terraza del Casino de Oficiales.

 A los postres, nos sobresaltó la enérgica voz de un joven Oficial, a la sazón, Oficial de Servicio. Estaba pidiendo parte para el Jefe de Regimiento. Este le advirtió que sólo si se trataba de una novedad importante podría interrumpir su almuerzo.

El Subteniente replicó que la novedad era importante y recibió la orden de acercarse. Marcialmente cuadrado ante su Jefe el Oficial expresó textualmente: “Mi Teniente Coronel, el Pancho regresó de franco”. Escondiendo una sonrisa y no sin ironía, el Jefe le explicó a ese novel soldado que lo informado no justificaba en lo absoluto interrumpir su descanso. La respuesta de dientes apretados fue: “Lo que ocurre mi Teniente Coronel es que hoy es sábado”.

Desacostumbrados a la maravilla de Pancho, tanto el Jefe como yo, tardamos unos segundos en reaccionar. Luego, como impulsados por resortes invisibles, corrimos hacia el jeep de la Jefatura y al abordarlo, el Jefe le ordenó al Subteniente que convocara de urgencia al veterinario para que se reuniera con él en proximidades del horno de ladrillos abandonado.

Hacia allí salimos disparados el Jefe, su chofer y yo. Durante el trayecto nadie habló. Al llegar al lugar, nuestro pequeño y acongojado grupo alcanzó a ver, entresaliendo de los montículos del horno en ruinas, una enorme silueta blanca, silenciosa e inerte…

Pancho fue enterrado al día siguiente. Ocupó su lugar en el espacio reservado a los caballos que fueron orgullo del Regimiento. La Unidad le rindió honores fúnebres. Lo acompañaron los efectivos completos del 6 y los familiares de sus Cuadros.

Entre medio del llanto de los chicos, de sus madres, del de su desconsolado amigo y el de sus camaradas soldados y los tristes sones de la Fanfarria, me dominó fuertemente la convicción de que lo ocurrido con Pancho había sido una señal. El nos confirmó la presunción de que el Misterio existe y que ciertamente vale la vida aferrarnos a El.

Muy a pesar de mi pena, un hondo regocijo me desbordó el alma.

 

Era por los primeros días del año 1875 cuando el sargento Ángel Peralta, con 8 soldados, alcanzaba los médanos de Chiquilló. Hacía tres días que, destacados del Regimiento 1 de Caballería, cumplían una misión de exploración; la caballería, extenuada, marchaba con dificultad.

Aproximadamente 100 indios divisaron a la patrulla y resolvieron atacarla; el sargento Peralta, con su reducida tropa, no podía cargar por el mal estado de los caballos y ordenó entonces echar pié a tierra para vender cara y con gloria la vida.

Parte de los indios decidió a atacar a caballo y el resto a pie.

Era necesario ahorrar la munición y el sargento Peralta ordenó no hacer fuego hasta que el no lo dispusiera. El enemigo avanzó hacia ese puñado de hombres que, por lo firmes e inmóviles, parecían un monumento; cuando estaban a unos 50 pasos recibieron una descarga cerrada y cuatro quedaron fuera de combate. Los indios se retiraron y se situaron a cubierto de los tiros de los viejos Remington.

Al ver la decisión de esos pocos valientes, los indios buscaron la victoria por otros medios y quemaron el campo. Avanzaban detrás del fuego ofreciendo rendición. Los soldados no contestaron; pero una mano firme mantenía el arma y en la otra una carona para apagar el fuego. Un nuevo ataque, con el mismo resultado; pérdida de indios y los soldados firmes y resueltos en sus puestos.

Los salvajes usaban con puntería las boleadoras y pronto se produjo el cuerpo a cuerpo, y la pelea se convirtió en más sangrienta y no menos reñida. Los soldados caían rendidos y muertos y en el momento en que solo quedaba el sargento Peralta, que se encontraba herido de un lanzazo en la frente, llegó una patrulla al mando del teniente don José S. Daza, que había visto desde lejos el humo del incendio e hizo inclinar el combate a favor del 1ro de Caballería. La persecución se inició de inmaediato. Cuando terminaba ésta, el teniente Daza reunió a sus hombres y lo alcanzó el sargento Peralta, quien se le presentó diciendo:

– ¡Mi teniente, la fuerza que estaba a mis órdenes se halla muerta o herida! Tiene algo que ordenar?.

El teniente, emocionado con la actitud de este valiente, le contestó:

– Sí, tengo que ordenarle que abrace a su teniente!.

De regreso a Puán, el bravo Comandante don Salvador Maldonado, ante la tropa formada, colocándole a Peralta las jinetas de sargento 1ro, expresó que le acordaba el ascenso en nombre del Gobierno y de la Patria, añadiendo:

– Hay en la historia de este Regimiento una lista de honor donde se inscribe el nombre del que combate como Sandes, del que se bate como Segovia, del que deslumbra como Catalán. El que allí revista tiene honores especiales. El sargento Peralta y los soldados que con él se lucieron en la acción de Chiquilló figuran desde hoy en esa lista de gloria. Cuando el pase delante de vosotros, soldados, inclinad la cabeza y descubríos porque es un destello de la gloria del cuerpo lo que cruza.

¡Imitad estos ejemplos! ¡Sed dignos del pasado del 1ro de Caballería, de este cuerpo que escribió en Ituzaingó, con el filo de sus sables, la epopeya de la caballería argentina; de este cuerpo que brilló en el Paraguay por encima de la guardia de Waterloo; de este Regimiento cuyo nombre no escucha el bárbaro en sus guaridas sin que sus miembros tiemblen y sin que decaiga su audacia!.

Y abrazó en seguida a Peralta, que lloraba de emoción.

En San Martín de los Andes, asiento del glorioso Regimiento de Caballería de Montaña 4 “Coraceros General Lavalle”, se encuentra el último bastión de la épica, tradicional y querida Caballería a caballo, como elemento operacional de combate; éste es el Escuadrón de Tiradores de Caballería de Montaña B “Bacacay”, lleva el nombre de un combate donde los Coraceros de Lavalle cubrieron de gloria el Campo del Honor, forjando una victoria más, para la independencia de la Patria.

Este Escuadrón, cuna de avezados jinetes de combate, en este territorio montañés tan particular, que solo permite operar eficaz e idóneamente montado, forja su espíritu en torno a un baluarte: el caballo.

Hace algunos años, esta subunidad tuvo que enfrentar una actividad que entristece el alma de cualquier soldado de caballería, como es la pérdida irreparable de uno de sus miembros y tener que despedirlo.

Durante la realización de importantes ejercicios militares, donde el Escuadrón Bacacay desplegó sus fuerzas a caballo por la cordillera neuquina, al transitar por la escarpada y dificultosa picada que une Quilanlahue y Boquete en la margen oeste del Lago Lolog, el yeguarizo de Tropa, número de orden 004, de nombre Trovero Choique más conocido como David, por aquellos que revistan o revistaron por el C4, encontró la muerte al desbarrancarse por una ladera del Cerro Rosado, produciendo la fractura de la columna vertebral en la zona lumbar y obligando a tener que tomar la terrible determinación de llevar a cabo su sacrificio.

A todos entristeció en lo más profundo del alma este episodio y muchos recordamos la llegada de este percherón mestizo cuando fue provisto a la unidad; junto a su inseparable compañero de la misma raza y características. Robustos, de hueso fuerte, moros con cola y crin blanca que les sobrepasaba la tabla del cuello, baguales fuertes, capaces de arrastrar del cabestro a un grupo completo de abnegados baqueanos, de mirada profunda y resuello decidido, impactaron tanto a los Coraceros, que los empezaron a llamar David y Goliat.

Provistos por la Dirección de Remonta y Veterinaria en el año 1993 y con un brevísimo paso por el Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, iniciaron su avance en las frías mañanas patagónicas. Debido a su poderío y dificultad para el manejo del diestro, empezaron como caballos de tiro para los escalones logísticos, arrastrando con su pecho un carruaje de transporte. El tiempo, el cariño y la aceptación por parte de ellos de su nueva misión, los llevó a convertirse en cargueros de la Sección Morteros, transportando en sus lomos el pesado y letal tubo cañón de lo morteros de 81 y 120 mm.

Su entrega al servicio era tal y su desempeño tan eficaz, debido a su espíritu incansable, su tranco ininterrumpido, brindando gran movilidad, que también transitaron los pasos de la cordillera como cargueros con ametralladoras MAG, dando respuesta inmediata a los requerimientos de apoyo de fuego por parte de los elementos de maniobra.

Su vocación de servicio fusionó en el corazón de cada hombre, haciéndose merecedores de un respeto, admiración y cariño por quienes tuvieron que servir junto a él o por quienes, simplemente, solo tenían la oportunidad de verlo en acción.

Cuando recibimos la novedad del jefe de sección, su voz parecía quebrarse. No era para menos, él había sido testigo de su trabajo y entrega e incluso del esfuerzo sobrenatural que pretendía realizar, para continuar la marcha, peleando por su vida, luego de recorrer aproximadamente cien metros cuesta abajo. Inútil fue el esfuerzo del enfermero veterinario. Catorce años de vida útil se acabaron cuando el jefe cumplió con la obligación de detener su sufrimiento.

Difícil fue al Escuadrón, no humedecer la mirada, fija en la nevada Cordillera de los Andes, testigo de la formación que se llevó a cabo para despedirlo con los honores que un soldado se merece, con el saludo militar y el toque correspondiente de silencio.

Ahora, en los corrales del cuartel, una figura se recorta atenta a la entrada de cada patrulla montada, es Goliat, en busca de su eterno compañero, tratando de entender la causa de la demora del regreso de su pareja de combate o quizás pensando porque los habían separado en esta oportunidad, ya que siempre los mantenían juntos, la verdad lo estaban, pero fue preocupación permanente que durante lo sucedido Goliat no se percatara de ello.

Y cada vez que Goliat, levanta sus orejas y dirige su mirada a la tranquera, nunca falta un Coracero, que se le acerque afectuosamente decidido, le palmee la tabla y el pecho y le diga suave al oído, Goliat no estás solo.

David, los soldados de caballería del glorioso 4, te rinden su sentido homenaje. ¡Saludo uno!

Por el Sarg Ay Héctor Omar Veintemilla.

Es fácil darse cuenta que un caballo con treinta años de servicio en el lomo ya lo dio todo, viendo la evidente torpeza motriz del intenso y acumulado servicio como integrante de la Fanfarria Militar “Alto Perú” del Regimiento de Granaderos. De no mediar la intervención de la naturaleza, hubiera sido víctima del inexorable descarte.

Por eso el caballo de nuestra historia tenía algo más.

Los hombres de Caballería, acostumbrados al contacto con estos magníficos animales, advirtieron que este compañero protocolario tenía virtudes que lo diferenciaban.

La Jefatura dispuso entonces que el efectivo: “Chupete”, tal su nombre, “pasara a retiro con el grado de “Suboficial Principal” y que pudiera deambular libremente y a voluntad por el Cuartel, haciéndose responsables todos los integrantes de la Unidad de su bienestar y si el animal -en su licencia- elegía para descansar un box distinto al que le pertenecía, no debería ser molestado”.

Cuando mansamente se distendía en los márgenes de la caballeriza y oía, a lo lejos, acordes de la Fanfarria montada que se aprestaba a partir hacia un acto, ladeaba las orejas y en forma rauda e intempestiva se dirigía a reunirse con la comitiva, tomando su lugar de timbalero (caballo sin jinete), en la formación, en donde nadie se lo impedía, excepto cuando se lo apartaba y amarraba con un cinto al cuello, antes de traspasar los umbrales de salida del Regimiento, adonde se quedaba con las ganas.

Cuántas historias de amistad y respeto fluyeron en torno a este caballo.

En la última etapa de su vida del año 1992, se desplomaba de cinco a seis veces al día, y los soldados, solidarios con el camarada, lo ayudaban con arneses a reincorporarse.

En abril de ese año cayó circunstancialmente en el jardín histórico, y sus lánguidos ojos y sus rodillas vencidas indicaban que ya no iba a levantarse.

La Jefatura con dolor, a poco de conmemorarse el “Día de la Caballería”, ordenó sacrificarlo en ese mismo lugar y allí darle sepultura.

El Suboficial Mayor Oropesa que lo había montado todos esos años, fue mudo testigo de esta despedida. Nadie pronunció palabra alguna, sólo había nudos en las gargantas.

Y cuando todo parece perdido y nos circunda la tristeza, aparece nuevamente como auxilio la imagen amiga de “Chupete” en el recuerdo, empujando con su hocico la puerta trasera del Escuadrón Chacabuco, en espera mañanera, que soldados le sirvan su ración diaria de mate cocido y pan, en su balde, que comparte como de costumbre, junto a ellos.

La placa de homenaje en el Jardín Histórico del Regimiento dice: “Aquí descansan los restos del caballo “Chupete”, último exponente de la raza Orloff que prestara servicios en esta Unidad durante 30 años ininterrumpidos como timbalero”.

Por el Grl Br (R) Gustavo R. D’Amico

Estaba por finalizar mi primer año de jefatura en el Regimiento de Caballería de Tanques 8 “Cazadores General Necochea”, creo que era bien avanzado el mes de noviembre cuando recibo una llamada telefónica, como era habitual cada tanto, del Presidente de la Comisión del Arma, General de División (R) Valentín Osvaldo Venier, quien después de los saludos de rigor, pensé como en ocasiones anteriores, me preguntaría con un cálido y afectuoso “¿cómo anda el personal a sus ordenes? “. Pero en esta oportunidad fue directo al tema y me informa que en la reunión mantenida con el JEMGE, este le había aprobado la sede del próximo festejo del día del arma y que no era ni más ni menos que “Magdalena”.

Inmediatamente sentí una gran satisfacción por la elección del regimiento a mi cargo, seguida por cierta preocupación, ya que este regimiento carece de infraestructura para un evento de esa magnitud. Me despidió deseándome éxito en la tarea y que al término de la licencia de verano me haría una visita para coordinar algunos detalles de la ceremonia.

Después de asimilar la noticia y comenzar a hacer las primeras evaluaciones, el interrogante principal era ¿Qué hacer? para que el día del arma fuera novedoso y atractivo. Hasta ese momento las formaciones precedentes habían sido montadas a caballo y no podía ser diferente en esta ocasión, pero el fuerte del regimiento eran los tanques, así que ambos debían estar presentes.

En esa época el RC Tan 8 era, por su proximidad a Bs As, material de dotación y campo de tiro, la unidad responsable de organizar las demostraciones de combate de armas integradas de la Br Bl I, las que se realizaban cuando el Ejército Argentino era visitado por autoridades militares extranjeras. Participaban en ella una sección de I Mec del RI Mec 7, sección de tanques del RC Tan 8, piezas de artillería del GA Bl 1, GA 1 y helicópteros artillados del B Av 601. Esta actividad, ya casi rutinaria para el regimiento, no requería de preparación especial, así que fue incluida en los actos.

La fracción montada fue un desafío en transporte y alojamiento por la cantidad de ganado requerida, en total 260 yeguarizos y el regimiento solo contaba con 60 boxes; no me explayaré en la solución a este problema porque no viene al caso que deseo recordar.

Por ese entonces, el General de División (R) José Antonio Lubín Arias se desempeñaba, con sus 93 años, como Jefe Honorario del RC Tan 8. Había sido su Jefe en el año 1948, con sede en Campo de Mayo, y fue durante su jefatura que le toco recibir como vehículo de dotación los primeros tanques Sherman que ingresaron al país.

La Br Bl II ya había completado la provisión de los tanques TAM, en remplazo de los viejos Sherman que tenían 50 años de servicio en el Ejercito Argentino. Es así que aprovechando tantas coincidencias, surgió la idea de despedir en la ceremonia al tanque Sherman, efectuando a modo simbólico su último disparo, con impartición de la orden de fuego por parte del Jefe Honorario, e integrando, como uno más, la demostración de combate con vehículos que tecnológicamente lo superaban 50 años.

El Sherman más próximo a Magdalena se encontraba en el RC Tan 12, con asiento en Gualeguaychú. Se desempeñaba por ese entonces como jefe, el actual General de División Jorge Ángel Tellado, con quien me comuniqué para comentarle la idea y tomar conocimiento del estado de mantenimiento del material para participar en una demostración de combate. El entonces teniente coronel enseguida se entusiasmó con la idea y de inmediato impartió las órdenes para su concreción.

Se aproximaba el día de la celebración y el regimiento comenzaba a poblarse de personal, material y ganado, al punto de saturación de las escasas instalaciones existentes, entre ellos un tanque Sherman, tan bien mantenido que parecía recién salido de fábrica. Como anécdota debo decir que los días previos al evento no paró de llover y el campo de instrucción, por su pésimo estado, era una exigencia a la transitabilidad inclusive para los ágiles TAM.

Al fin llega el día de la ceremonia, 25 de abril de 1998, con un clima increíble y sol radiante. Pasadas las 11 de la mañana, hora de inicio de los actos, comienza la demostración de acuerdo a lo planeado, el barro y la pésima transitabilidad del campo era un tema preocupante. Llega el momento esperado y el Sherman se aproxima a todo motor para ocupar su posición de tiro y lo hace con una capacidad de maniobra asombrosa para las condiciones del terreno. Ya lo estaba esperando con micrófono en mano el Grl Div (R) José Antonio Lubín Arias para impartir la orden de disparo.

Comienza con el clásico “Misión de fuego… Apuntador…” que sonaba por los altoparlantes, mientras aumentaba mi preocupación, “A las once… Tanque… Perforante… 1.0.0.0”, hasta que llega el clásico “¡Fuego!”. Todos los presentes contuvieron el aliento mientras se produce un silencio que me pareció interminable porque el apuntador demoró la puntería para asegurarse un impacto certero, como después me comentó. Impaciente, el general expresa con vos enérgica… “¡Puta…no dispara!”, cuando en ese instante se produce el estruendoso disparo, coronado con un impacto certero, y el tanque que se retira del lugar con la misma agilidad con la que había entrado en posición.

Con esto no termina la despedida exitosa del tanque , ya que al final de los actos se realiza el desfile de los blindados participantes, 15 en total y a la cola el Sherman, que marchaba sin perder distancia del vehículo que lo precedía , un cañón autopropulsado de 155 mm de la familia AMX, que en el momento más inoportuno se queda empantanado justo frente a la tribuna del JEMGE, nuevamente silencio y expectación del público, pero casi al instante, el Sherman que había detenido la marcha larga una bocanada de humo negro por el escape por la rápida aceleración de su motor y bloqueando una oruga elude el obstáculo al frente y se pierde en el horizonte a toda marcha.

Seguidamente estalla un cálido aplauso entre el público presente, en señal de reconocimiento a este noble tanque que prestó servicios al Ejercito durante tantos años.

Por el Grl Br (R) Héctor Raúl Rodríguez Espada

Sin que signifique dudar de los conocimientos y/o la memoria de mis camaradas, pero teniendo presente el tiempo transcurrido, las situaciones disímiles que nos tocaron vivir y el hecho que la actividad a la que me referiré, en gran medida, es parte de la historia, intentaré una explicación de lo que era el campo de pastoreo.

Cuando el Ejército Argentino, casi en su totalidad, aún usaba el caballo como un arma y un medio, uno de los procedimientos para el cuidado del ganado, consistía en enviarlo a descansar dejándolo suelto durante el período de receso (Nov a Mar), en un campo con buena pastura y agua, preferentemente cercano a los cuarteles del elemento del cual era dotación ese ganado; técnicamente éste se encontraba en el campo de pastoreo. Al comenzar las actividades del año siguiente, dicho ganado se traía de regreso a las instalaciones de origen, siendo lo normal que todos esos movimientos se hicieran por arreo.

A fines de 1952, siendo subteniente y estando destinado junto con “Vironcho” Fonseca y Quirós en el Regimiento 9 de Caballería en Curuzú Cuatiá, Pcia. de Corrientes, se me ordenó que me desplazara junto con el Subteniente Veterinario Antístenes Ojeda, un suboficial y personal de soldados conscriptos a la Estación Libertad, cercana a Monte Caseros y al campo Grl Ávalos del Comando de Remonta y Veterinaria. Allí debía esperar y recibir el ganado de los Escuadrones de Caballería que era transportado por ferrocarril desde Buenos Aires en más de treinta jaulas, lo que significaba una cantidad aproximada a los mil (1000) caballos.

Era parte del traslado de dicha Escuela que, al igual que nuestro Regimiento, transformado en Regimiento Escuela, debían instalarse en los cuarteles lindantes con la Ciudad de Mercedes, también en la citada provincia.

Una vez recibido ese ganado debía reunirlo con el Regimiento que ya se encontraba a cargo del Encargado del Campo de Remonta, Suboficial Mayor Jara, en Puesto de Quebracho, un sector del citado establecimiento, a 15 Km. de la Estación Libertad; allí debía instalar el Destacamento de Campo de Pastoreo del C9.

La orden impartida personal y verbalmente por el jefe de Regimiento, Teniente Coronel Luís R. Cornú, me había llenado de satisfacción y al mismo tiempo de inquietud por la responsabilidad que representaba. De regreso en el despacho de mi jefe de Escuadrón, Capitán Juan María Gallino, al que recuerdo como un excelente jefe de subunidad a la altura de su paternal responsabilidad de formar con severidad y afecto al nuevo oficial, le informé de la orden recibida y como era su costumbre puso a mi disposición toda su experiencia en los preparativos para asegurar el éxito de la tarea.

El movimiento fue previsto por diferentes medios, yo iría en el único camión de la Unidad, un Ford Canadiense frontal, y el suboficial con los soldados en dos carros de equipaje tiro a cuatro; estos se desplazarían por un camino de tierra paralelo a las vías del ferrocarril, mientras yo lo haría por la “ruta” también de tierra, sólo que mejorada. Suponiendo que llegaría con anterioridad debía esperar a la “columna hipomóvil” con los reconocimientos, contactos y acuerdos ya realizados.

Es así que una lluviosa madrugada se inició el movimiento de las dos “columnas”; en el camión con su caja repleta de equipaje, íbamos el Subteniente Ojeda, el conductor y yo.

Como podemos recordar en esa cabina había solo dos butacas ya que en el medio se encontraba el motor del vehículo, por ello Ojeda y yo nos turnábamos la butaca del acompañante alternándolo con una “cómoda” lata de aceite del vehículo que, puesta en el espacio central que quedaba, permitía sentarse en ella con la cubierta del motor entre las piernas.

A poco de iniciado el viaje comenzamos a sufrir los problemas previstos en el plan estratégico ABC para dificultar el avance del enemigo por la Mesopotamia, nuestros paisanos dicen “peludear”. El resbaladizo y pegajoso barro hacía dificultosa y lenta la marcha, especialmente en las entradas y salidas de los puentes, ya que estos, posiblemente contemplando el futuro, estaban sobreelevados por lo que el vehículo quedó colgado varias veces en los declives, siendo recuperado por el denodado esfuerzo de Ojeda y el mío, empujando.

Al atardecer, cansados y sucios, llegamos a Estación Libertad donde el Suboficial nos esperaba después de haber armado el vivac y haber concretado los contactos y acuerdos.

Levantamos la carpa de oficial bajo un grupo de árboles muy cerca de la estación, con autorización de su jefe, un señor muy bajo que vivía solitario en las oficinas y usaba como baño el público o de “Caballeros”, donde había improvisado una ducha con un caño de plomo que salía de una canilla cercana al piso y con una flor a la altura del usuario; por ello, como la autorización incluía el uso del baño, al ducharnos teníamos que hacerlo en cuclillas.

Esperamos varios días la llegada del tren carguero con el ganado, alternando prolongados descansos con mate, el control de la tarea de reunir abundantes parvas de Mio-Mio(1) o “revienta caballos” dispuesta por Ojeda y algunas comidas en el “Sol del Veinticinco”, el almacén y despacho de bebidas cuya dueña, viuda, miraba con buenos ojos a Ojeda, que la galanteaba para asegurarnos buena atención.

En esa estadía nos encontró el domingo y temprano, mientras mi compañero dormía, habiendo previsto camisa y pantalón de montar limpios, me dirigí al baño, con sus piletones y los amplios retretes con inodoros a la turca, frente a la pared con canaleta que hacía de mingitorio; me introduje en uno de ellos y después de cerrar la puerta descubrí, sorprendido en la penumbra del rincón que quedaba detrás de ésta, un carpincho cuyos brillantes ojos me observaban fijamente; me pareció grandísimo y con las veloces decisiones de oficial de caballería que me inculcaron mis instructores, tenientes primeros Gutiérrez, Schweizer y Menéndez, huí rápidamente.

Lleno de excitación lo desperté a Ojeda mientras buscaba mi pistola para cazarlo pero éste, atinadamente, me advirtió que podía ser guacho, propiedad de algún vecino, por lo que decidimos esperar a que despertara el jefe de Estación.

Pasó poco tiempo y apareció el dueño de casa camino a higienizare con su toalla al cuello y los elementos de aseo. Desde el lugar donde estábamos, al otro lado de la vía, saludamos preguntando ¿ese carpincho grandote que está en el baño es suyo?, el buen hombre desconfiando una broma de mal gusto esbozó una semi sonrisa y murmuró algo que no entendimos, ingresando en el baño de Caballeros.

Transcurrieron breves minutos y nuestro interlocutor, despavorido, apareció como catapultado gritando “La gran p….., era cierto, hay un carpincho”.

En las cercanías había una gran laguna por lo que supusimos que provenía de allí; el pobre animal que estaba herido de un disparo, buscó refugio en nuestro sanitario.

Esa noche saboreamos su rica carne invitados a cenar en el “Sol del Veinticinco”.

El lunes llegó el tren y luego de unos días de trabajo en los que desembarcamos los caballos y tratamos de impedir la ingestión del Mio-Mio frotando las encías y dientes de cada uno con dicho pasto y obligándolos a respirar el humo producido por su quema, estuvimos listos.

Como paso final, llevamos el ganado por arreo hasta Puesto Quebracho en donde instalé el destacamento. Después del almuerzo partió de regreso el camión con el Subteniente Ojeda y allí quedé encantado pues, como me habían enseñado, estaba “lejos de los superiores”(2), con responsabilidades pero sintiéndome la autoridad suprema en varios kilómetros a la redonda.

(1) Mio-Mio: Pasto muy tóxico para los caballos. Los yeguarizos acostumbrados a la zona no lo ingieren. No crece en la Pcia de Bs. As., por ello es peligroso para el ganado recién llegado desde allí. (2) “Por delante de los caballos, detrás de los cañones y lejos de los superiores”: normas para el subteniente nuevo.

Por el My Luis Vicente Noailles French (*)

A fines de 1933 volvíamos de la Cambai situada al Norte del Río Mocoretá en la Provincia de Corrientes. Luego de realizar unas maniobras muy lluviosas, atravesamos el nombrado río con 1.000 metros de ancho a nado y 5 km. de bañado, cansados y con la ropa húmeda.

A la cabeza del Regimiento marchaba el Teniente Coronel Donovan con su ayudante el Subteniente Espinosa. Atrás de ellos marchaba yo con la Bandera de Guerra enfundada, luego los 5 escuadrones. Serían las 11 horas, el sol rajaba la tierra y la humedad era insoportable.

Desde una lomada vimos un grupo de chicos, acompañados por una maestra de no más de 20 años, que corrían hacia el camino. Al fondo se divisaba una escuela rancho y su bandera.

El Teniente Coronel Donovan ordenó al corneta de órdenes el toque de alto y el regimiento se detuvo. Luego hizo tocar “Prepararse para desfilar” y a mí, me ordenó: subteniente desenfunde la bandera. Hizo pasar la fanfarria al frente y esperamos que la Señorita maestra llegara con los chicos al alambrado. Arrancó la fanfarria y él se dirigió hacia el grupo de argentinos y saludando a la Señorita le pidió permiso para iniciar el desfile con su sable desenvainado.

Los chicos eran una sola boca abierta y la maestra lloraba, digo mal, sollozaba. Estábamos listos y todo el Regimiento 6 de Caballería rindió honores a esa maestra y a sus alumnos, mientras las lágrimas brotaban silenciosas y ese grupo humano argentino miraba absorto a las armas de la Patria que les reconocía sus sacrificios por el hacer cada día algo por la Argentina.

Fue para mí el más brillante desfile de toda mí carrera militar, que hoy a mis 86 años (1998) me emociono hasta las lágrimas cuando recuerdo el momento que Dios me permitió vivir.

(*) El Mayor Noailles French, perteneció a la Promoción 58, falleció el 26 Jun 03 a los 90 años.

Por el Grl Br (R) Enrique Rodolfo Dick (*)

El Regimiento 4 de Caballería de Línea fue creado en abril de 1826, siendo nombrado Jefe del mismo Don Juan Galo de Lavalle quien en ese momento se desempañaba como Jefe de un Regimiento de Coraceros de la provincia de Buenos Aires.

Sucesivos cambios, encuentros, reducciones, disoluciones y reorganizaciones, terminan el 22 de mayo de 1906, cuando el presidente Figueroa Alcorta y el General Luis María Campos decretan perpetuar la tradición gloriosa legada por las bizarras actuaciones de algunos de los cuerpos. En esa ocasión, se resolvió denominar a tres Unidades de Caballería de Línea con nombres históricos: el 1, “Granaderos a Caballo”, el 4, “Coraceros General Lavalle” y el 8,”Cazadores General Necochea”.

En 1907, los Coraceros del Regimiento 4 de Caballería de Línea, provenientes de Campo de Mayo se asentaron en su Cuartel de Río Cuarto.

Al año siguiente, uno de los Soldados Conscriptos convocados a prestar servicios en sus filas, es Wilfred Andrew, a la sazón joven administrador de la estancia “El Durazno”, como consecuencia de la temprana muerte de su padre, Samuel Andrew, en 1906. Su destino interno fue el Primer Escuadrón, comandado por el Capitán Cornelio Giménez.

El menor de los ocho hermanos Andrew se llamaba Edgar. Viajó en 1911 a los Estados Unidos para encontrarse con el mayor de la familia, Silvano Alfredo, Oficial de la Armada Argentina destinado en los astilleros donde se construían los acorazados Rivadavia y Moreno. Posteriormente, Edgar se dirige a Inglaterra, para estudiar en Bournemouth.

En 1912 recibe la invitación de Silvano Alfredo para asistir a su casamiento en Nueva York y se embarca el 10 de abril en el Titanic, tras haberle sido cambiado su billete, originalmente para otro vapor, el “Oceanic”, debido a una huelga de carboneros. Dos días antes de la zarpada, su estado de ánimo era premonitorio:

“desearía que el Titanic estuviese sumergido en el fondo del océano” escribió a una amiga argentina. En la noche del 14 al 15 de abril de 1912, tras chocar con un témpano, el enorme transatlántico se hunde y entre las más de 1.500 víctimas, figura Edgar Andrew, único pasajero argentino a bordo, quien tenía apenas 17 años. Su cuerpo jamás fue encontrado.

En el mes de agosto del año 2000, una expedición submarina, en su búsqueda de objetos del malogrado buque, cuyos restos habían sido descubiertos en 1985, extraen una valija de cuero, asentada en el fondo, a unos metros de la proa del pecio.

Una vez en superficie, la abren y los especialistas comprueban que se trata de la maleta de Edgar Andrew. Entre las más de cuarenta piezas recobradas en su interior, se descubren cinco postales, -“vistas” como las llamaba el muchacho en su correspondencia-, de lugares conocidos de Río Cuarto, y que el joven llevaba consigo pues, como lo señala en una de sus cartas, extrañaba muchísimo a los suyos y a su terruño.

Una de esas postales nos muestra, muy claramente, una notable perspectiva del Cuartel de aquel Regimiento 4, quizás muy rara de hallar en el presente. Ni los casi 90 años transcurridos del naufragio, ni la enorme presión del Atlántico ejercida a 4.000 metros de profundidad, sumados al intenso frío abisal y a la total falta de luz, pudieron deteriorar la estampa de su frente, arcadas y galerías, ni la de los soldados que posaron para el recuerdo.

Es la aspiración de los descendientes de la familia Andrew que estas reminiscencias, fruto de las a veces caprichosas coyunturas de la historia y de los destinos que se entrecruzan, perduren en aquellos lugares donde se respeta el pasado, la tradición y las virtudes militares, Por ello, el suscripto –sobrino nieto de los hermanos Andrew- y en oportunidad de la conmemoración del día de los Símbolos de la Caballería, hace entrega de este testimonio del pasado de tan gloriosa Unidad.

Por el Grl Br (R) Héctor Raúl Rodríguez Espada

El hecho sucedió en octubre de 1952 y se concretó en el Harás Grl Urquiza, en proximidades de Monte Caseros (Pcia. de Corrientes), en uno de cuyos sectores denominado Puesto Quebracho, se estableció el Destacamento de Campo de pastoreo del C.9, unidad que en ese entonces tenía guarnición en Curuzú Cuatiá.

En el mes de marzo de 1953, establecida la Ec C con el C9 Ec en su nueva guarnición en la ciudad de Mercedes (Pcia. de Corrientes), a unos 120 km. del campo citado, se organizó la comisión que debía buscar el ganado del campo de pastoreo y regresarlo a los cuarteles para comenzar la instrucción del año.

Ese grupo estuvo integrado por el Cap José María Gallino (Jefe), y los entonces Subt(s) Hugo Istúriz; José Montes; Héctor Rodríguez Espada y el Vet Antístenes Ojeda, además de 10 suboficiales y 30 soldados. La Comisión marchó motorizada con su personal y equipo y, luego de reunir el ganado, regresó arreándolo.

Según el plan se inició la marcha motorizada y, luego de recorrer 80 km, se arribo a Curuzú Cuatiá donde se almorzó en las instalaciones de la DC4, para continuar luego a Puesto Quebracho, donde se instaló el vivac y se pasó al descanso.

Al día siguiente comenzó la tarea de reunir y clasificar el ganado que se vio dificultada por las siguientes razones: no se contó con las fichas de ganado que aún estaban en Remonta; y como el verano fue seco y caluroso se debió ampliar la superficie de pastoreo y el ganado estaba muy disperso. Ello también incidió en el estado del ganado con muchos delgados y flacos y numerosos problemas de cascos.

Esta situación hizo que el tiempo de reunión se prolongara, en particular por las dificultades en la clasificación, ya que de acuerdo a lo establecido se desherraba al soltar los caballos, y el estado de los cascos, (quebrados y crecidos) produjo en muchos casos la desaparición del número que se grababa a fuego. En consecuencia, la clasificación en muchos casos se basó en la memoria de los suboficiales encargados de ganado de los escuadrones, los que reconocían con notable acierto, el número de orden de cada animal.

Luego de una semana, estábamos listos para iniciar el arreo de los mas de mil yeguarizos reunidos.

Dado el estado del ganado se previó una marcha muy lenta, por ello nos desplazamos sin detenciones desde el aclarar hasta el atardecer. Alcanzado el objetivo del día, se encerraba el ganado para alimentarlo con el forraje previsto con antelación. El personal a su vez racionaba en caliente como única comida, para luego pasar al descanso, excepto los rondines.

Como montados podíamos elegir a diario el caballo, basándonos en el estado físico y en los informes de los suboficiales que los conocían.

El apoyo al arreo dado por la Sec Vet con su Jefe el Subt Ojeda; la Sec San y la Sec Int que se adelantaba con sus cocinas y material de alojamiento, a fin de preparar el vivac en los lugares establecidos para cada día, fue sobresaliente.

El plan de marcha dispuesto fue el siguiente:

1. Primera Jornada: Después de medio día marchar hasta la Estación Libertad distante 15 km, donde en sus amplios corrales el ganado pasaría su primera noche.

2. Segunda Jornada: Desde Estación Libertad hasta la citadas instalaciones de la D C 4 en Curuzú Cuatiá (aproximadamente 40 km)

3. Tercera Jornada: Desde Curuzú Cuatiá hasta el rondadero(1) de la estancia Aguay, cuyos dueños Flia. Menéndez siempre colaboraba, otros 40 km.

4. Cuarta Jornada: Descanso

5. Quinta Jornada: Desde Estancia Aguay hasta los cuarteles de la Ec C en Mercedes, igualmente otros 40 km.

Llegado el día de la partida, estábamos listos para iniciar la primera jornada. El tiempo era caluroso y se insinuaba tormenta, los caballos nerviosos y aquerenciados se arremolinaban queriendo ganar el campo nuevamente.

Ante la posibilidad de que desbandaran, el experimentado Jefe de Arreo, ordenó a los cuadros desplegarse con las capas de agua en la mano agitándolas, con los que logró que los caballos tomaran la calle, pero no se pudo evitar una estampida.

Ante ello el Cap Gallino nos ordena a Istúriz y a mi alcanzar la punta y detener la disparada. Después de una vibrante carrera entre el polvo y el retumbar de cascos, sintiendo la alegría que produce el vértigo en la juventud y que nos impulsaba a gritar, logramos cumplir la orden (¡que tiempos aquellos! ahora sólo grito cuando discuto y para peor, nadie me lleva el apunte).

Todo esto ocurría al alcanzar Colonia Libertad, unos diez kilómetros antes de la Estación, que era un caserío con una sola cosa rescatable, su escuela, por que tenía dos maestras hermosas según nuestra visión; unos escasos comercios y unas pocas casas bastante humildes; y cuyos pobres habitantes sufrían nuestro paso, ya que la vía del ferrocarril y unos extensos bañados embretaban los arreos por las calles, por lo que cuando nos aproximábamos, cerraban todo y no se veía a nadie.

De acuerdo a lo previsto después de pasar la noche en los corrales de la Estación Libertad, al aclarar el día siguiente y previo degustar el emparedado de queso y dulce de batata y beber el reconfortable mate cocido con leche, se inició la marcha.

Como ya explique, el estado del ganado nos obligaba a un desplazamiento lento, por ello el arreo que marchaba por una de las amplias banquinas que tenía el camino y en dirección contraria al tránsito vehicular se alargó en una columna de varios kilómetros encabezada por turno por los oficiales (era el mejor puesto porque no afectaba la tierra que levantaba tanto movimiento) mientras los suboficiales y soldados guarnecían el costado opuesto al alambrado y cerrando la marcha (en el peor lugar por la tierra) iba el Jefe de arreo y el veterinario.

En oportunidades algunos caballos que no podían continuar marchando eran dejados en las estancias cercanas donde permanecieron hasta que los rescató la jaula de transporte del ganado de la Escuela.

Por otro lado, el ganado particular que estaba suelto en la calle en ocasiones se sumó al conjunto y si bien, culminado el proceso, se los entrego a la policía es posible que algunos aumentaron el patrimonio del Estado.

De esta forma se desarrollaron las dos primeras etapas (Est. Libertad Curuzú Cuatiá y Curuzú-Cuatiá Estancia Aguay) y en el rondadero de dicha estancia comenzó el día de descanso.

Por ser el oficial mas moderno me correspondió estar de turno ese día de descanso, por ello me levanté temprano y salí a recorrer montado en uno de los nocheros con el cual lo había hecho al anochecer del día anterior al recibir turno y siempre para controlar los rondines y al ganado.

Estaba en esa tarea cuando apareció el mayordomo de la estancia, también a caballo, el que después de saludar me pidió acompañarme para “ver los caballos del Ejército” cosa que por supuesto acepté.

Mientras observábamos a los yegüarizos traté de explicar por qué el ganado estaba en regulares condiciones y en la conversación me dijo que conocía al capitán Gallino (jefe de arreo)(2), que iría a saludarlo a media mañana y que me anticipaba que invitaba a todos los oficiales a cenar en su casa esa noche.

Terminado el recorrido volví al vivac donde encontré al Cap Gallino desayunando, le relaté mi encuentro y decidió anticiparse en saludar al mayordomo, al mismo tiempo me ordenó que avisara al resto de los oficiales de la invitación y que procedieran a afeitarse y asearse lo más que pudieran.

Al llegar la tarde entregué el turno al Subt Ojeda (el veterinario) y después de cepillarnos, con los mejores cepillos de paja del ganado, el marrón terroso, partimos para el casco de la estancia.

Llegados, para nuestra sorpresa (agradable sorpresa), fuimos recibidos por el mayordomo, su señora y varios matrimonios vestidos para un evento social importante (ellas de largo, ellos de traje y corbata); fue el comienzo de un gratísimo momento que recuerdo con cariño y evidencia el respeto que se tenía por la institución.

Al día siguiente continuamos la marcha a nuestro destino final, la Escuela de Caballería en Mercedes, Provincia de Corrientes (corría el año 1953).

(1) Rondadero: Instalación organizada por las estancias mas grandes lindantes con los caminos principales, consistentes en amplios potreros con agua y acceso directo a esos caminos, donde previo acuerdo (a veces gratuito otras oneroso) se encerraba la hacienda de los arreos que pasaban, para hacer noche o para descansos más prolongados.

(2) Mi primer jefe de Escuadrón al que recuerdo con gran cariño, falleció hace pocos meses en un accidente de tránsito al salir de su estancia n la Pcia. de Corrientes.

Por el Cnl (R) Carlos Alberto Domínguez Silva

En el transcurso de una fría y ventosa mañana, en un lugar que algunos memoriosos ubican en el Cuartel del Regimiento de Caballería “ESCUELA” con asiento en CAMPO de MAYO, se desarrollaba la inspección anual a cargo de Remonta y Veterinaria.

Tras la presentación inicial de cada subunidad, en línea con los caballos del diestro, estos eran conducidos frente a la mesa de inspección y revistados individualmente, primero los de Oficiales y de Dotación Equitación o Polo y luego los de Tropa, que se subdividían a su vez en silla, carga o tiro.

La caballada iba pasando delante del ojo escrutador del Inspector, el Coronel CJEC, hombre corpulento de vozarrón fuerte, quien con voz tonante iba clasificando los caballos de las distintas subunidades de acuerdo a su estado de nutrición, herraje, tuse y conformación de la cola y otras particularidades. Alazanes, zainos colorados y oscuros, se agrupaban por su pelaje en los diferentes escuadrones de tiradores, mientras que los tordillos, bayos y “otros pelos” estaban afectados a las distintas secciones del Escuadrón Comando y Servicios, en especial a la tracción de los carros, cocinas y aguateros que en conjunto conformaban lo que en la época constituía el bagaje de la Unidad.

Alrededor de la mesa de inspección se agrupaban los auxiliares del Inspector y los integrantes del servicio veterinario revistado, quienes cotejaban listas de ganado, fichas individuales, diagnósticos y otros antecedentes.

En los rescoldos de la fragua próxima, se mantenían calientes los hierros con números y letras para realizar marcaciones de último momento en los vasos de los équidos, o estampar a fuego en el anca ante la orden del Inspector, la sigla “EA” de refuerzo ante una marca borrosa o la ignominiosa “R” de reformado. Acompañando a los fierros en las brasas, estaba la infaltable e insustituible “morocha”, que conservaba caliente el agua para el mate, en un tiempo en que los termos eran un objeto suntuario y frágil, y como tal escasos.

La mañana un tanto desapacible, transcurría entre mates y alguna bebida cordial y espirituosa para combatir el frio y sin mayores inconvenientes, salvo alguna viruta o pelo largo sin quemar en la panza, un abrojo casi invisible en la cola, un cambio de opiniones sobre algún reformado o un comentario elogioso sobre tal cual caballo o su jinete, la sorpresa de alguna recría trotando junto a su madre, o algún otro incidente medianamente jocoso.

Completaban el cuadro, la observación punzante ante el recorte de un bigote equino ordenado por algún chapetón amante de la prolijidad, que no comprendía que eliminaba la herramienta principal del caballo para seleccionar su comida mientras ramoneaba el pasto, alguna observación al veterinario y a sus auxiliares sobre la necesidad de cortar las “habas” o ver las muelas de algún caballo “delgado” y la infaltable reconvención a los herreros de “adecuar las herraduras al pie de cada caballo y no el pie a las herraduras”.

Pese a todo, los diálogos, entre el Coronel a cargo de la Inspección, conocido coloquialmente como “el Cabezón C…” y su contraparte del Regimiento Escuela, el entonces Mayor JBG, hombre enjuto, con físico casi de jockey y tez cetrina, de respuestas vivaces e ingeniosas y que se auto apelaba como “Negrito”, iban “in crecendo”, en una continua esgrima verbal.

Promediando la revista y tras varias rondas de mate, el Mayor manifiesta tener frio y le ordena a su asistente que suspenda sus tareas como cebador y que la traiga el capote, acción que el conscripto se dispone a ejecutar de inmediato y con la máxima presteza, cuando es detenido por la voz del Coronel, quien le ordena estentóreamente ¡Soldado, tráigale al Mayor un birrete para que se haga un capote!, ante lo cual el aludido responde de inmediato y con voz fuerte ¡Soldado, tráigale al Coronel una manta para que se haga un birrete!

Cual fue el resultado de la inspección, la historia no lo recuerda, pero el relato de la búsqueda del capote perdura hasta nuestros días, y con él, el recuerdo de sus protagonistas, quienes fueran en vida distinguidos oficiales superiores del Arma de Caballería.

Por el Grl Br (R) Héctor Raúl Rodríguez Espada

Al poco tiempo de hacerme cargo como Jefe del Regimiento de Caballería de Montaña 4 “Coraceros del General Lavalle” a principios del año 1975, en San Martín de los Andes, Provincia de Neuquén, de acuerdo a mis previsiones, teniendo en cuenta la situación que vivíamos en la que la posibilidad de un ataque al cuartel era cierta, invité a los vecinos cuyas propiedades lindaban con nuestro predio a una reunión para coordinar algunas medidas que aumentaran nuestra mutua seguridad.

En esa época más allá de Parques Nacionales y la Reserva Indígena, eran pocos los demás vecinos, así en un almuerzo en el quincho del Club Coraceros nos reunimos alrededor de una decena de personas; entre ellas una mujer, hermana del Jefe de la Agrupación Indígena Curruhuinca en su representación.

Luego de un grato momento y un exitoso acuerdo nos despedimos y al hacerlo con la señora citada, le expresé mi interés de conocer a su hermano.

Al día siguiente se hizo presente en el cuartel el señor Francisco Abel Curruhuinca, Jefe de la Agrupación Indígena, era un hombre alto y corpulento, de bigotes achinados, de aspecto agradable que trasuntaba humildad, vestía a lo paisano, bombachas y botas, campera, poncho y chambergo, montaba un lindo criollo zaino bastante mestizado.

Allí comenzó una relación que se fue fortaleciendo a medida que los mutuos problemas exigieron contactos e intercambios, era muy buena persona dedicada a su gente que lo respetaba mucho; lo cierto es que con el tiempo incluí a Francisco en la lista de amigos de la Unidad por lo que era invitado a nuestras formaciones, reuniones sociales, etc.

Así de nuestra parte, se concretó el apoyo a los escolares que excedían la capacidad de la escuela de la Reservación, consiguiendo vacantes y el transporte a la Ciudad, la concurrencia de la ambulancia y el médico en forma periódica para control y sostén sanitario, nuestra intervención como mediadores ante Parques Nacionales etc.

Por otro lado de parte de la Agrupación Indígena, además del refuerzo de nuestra Sección Baqueanos y otros, destaco el apoyo para transporte de cargas en sus catangos(1), cuestión que fue muy útil en la movilización de 1978 cuando los Curruhuincas, movilizados voluntariamente, se incorporaron a la Unidad y transportaron las cargas pesadas, entre ellas munición de morteros pesados y livianos, de cañón sin retroceso etc, de ello puede dar fe el Jefe del Regimiento de esa época el entonces Teniente Coronel Osvaldo Córdoba.

Como sucede en épocas difíciles, el tiempo transcurrió rápidamente y cuando quise acordarme, habían transcurrido los dos años de mi gestión.

A principios de diciembre de 1976, apareció Francisco para invitarme a comer un asado a fin de despedirme. Me propuso venir a buscarme a caballo al cuartel, para desplazarnos juntos hasta su casa en la reservación en el paraje Pil Pil, ello significaba cruzar la ciudad, cosa que me pareció exagerada pero, ante la insistencia del invitante, debí aceptar.

Así llego el día 12 de diciembre y como estaba invitada toda la familia, así como una delegación de mis cuadros, luego de agradecer y no aceptar las sugerencias que vistiere el uniforme del Sargento Ayudante Baqueano Price(2) (cosa de la que aun me arrepiento) montamos a caballo con mis dos hijos y junto con el Capitán Ceretti, dos Suboficiales, nos dirigimos al lugar del encuentro en la cancha de polo.

En dicho lugar para mi sorpresa, me esperaba Francisco con un escuadrón de casi un centenar de miembros de su agrupación con cañas tacuaras con banderolas azul y blanca en su extremo superior semejando lanzas(3) y como abanderado el más veterano portando una hermosa bandera argentina.

Luego de la presentación, iniciamos la marcha cruzando la ciudad ante la sorpresa y el acompañamiento de la población, yo muy orgulloso al frente del ancestral escuadrón.

Llegados a la reservación echamos pié a tierra y nos reunimos en una explanada frente a la casa del cacique donde ya estaban concentrados el resto de la agrupación, las familias de todos ellos e incluso los miembros de la escuela con sus guardapolvos blancos; allí izamos la bandera y cantamos el himno, Francisco dijo unas palabras de agradecimiento y despidiéndome me entregó una hermosa faja de telar que tenia la característica especial que había sido usada por él, regalo que atesoro en mi casa.

Luego protegidos por el lujurioso bosque todos comimos un rico y completo asado, repito completo y abundante, tal es así que, desubicado, había hecho llegar una cocina de campaña con locro que regresó casi intacta.

Al atardecer nos despedimos, gratamente satisfechos por el nivel de camaradería que reinaba.

Realmente las características de la despedida me sorprendieron, muchas veces no tomamos conciencia de la importancia que puede tener para el receptor, acciones que para nosotros son parte de nuestra obligación y mi orgullo y alegría esencialmente respondían al galardón que recibía el C4 “Coraceros del General Lavalle”, particularmente ante la población de San Martín de los Andes.

Considero necesario resaltar que luego de la citada movilización de 1978, la relación se afianzó, así a partir de ese hecho nuestros voluntarios mapuches contaron con un sector de una de las cuadras donde guardaban sus uniformes de combate, y cuando se los requerían ya sea protocolarmente para desfiles o formaciones o por alguna otra actividad, allí estaban presentes con sus catangos.

Me gustaría extenderme más sobre todo el acontecer, pero el tipo de publicación no lo permite, por ello finalizo reflexionando que no supe y no pude hacer que éste proceder se convirtiera en una política de acción cívica del Ejército, que puede resumirse en:

Todo elemento de la Institución que está ubicado geográficamente en cercanías de una agrupación indígena, debe tomar contacto y apoyarla, entendiendo que la relación se basa en la mutua aceptación que, más allá de las tradiciones culturales y por sobre toda otra cuestión, somos ciudadanos argentinos con un pasado común de más de dos siglos.

Los fuertes lazos Mapuches-Coraceros, se prolongaron por casi veinte años pero, limitados a una política de un regimiento, las diferentes concepciones personales llevaron a que, lamentablemente, una lógica, necesaria y conveniente situación que deviene de nuestra historia, se mantuviera con fluctuaciones hasta la perdida de la intensidad del vínculo que las unió en el periodo relatado. Es de desear que tan importante relación se vuelva a recuperar con la misma intensidad, para bien de la comunidad Curruhuinca como también del Ejército Argentino.

(1) Carro de dos ruedas macizas de madera, de muy bajo centro de gravedad, tirado por bueyes, apto para el transporte de cargas en la montaña boscosa, de uso común por los pobladores originales del lugar

(2) Como ignoraba lo que ya conocía Price, los alcances de la invitación con la sorpresa de todo lo que aconteció, me pareció que el hecho de comer un asado con mi amigo y su familia, con uniforme le haría perder el calor y la simpatía de la intimidad.

(3) No olvidemos que la ubicación geográfica de San Martín de los Andes, coincide con la región donde crece naturalmente la caña tacuara de nuestras lanzas.

Carta recibida por parte del Jefe de la Agrupación Indígena

Transcripción de la carta

San Martín de los Andes, Neuquén, Pil Pil, lote 5 8 14 de junio 1977.

Al señor teniente coronel Héctor R. Rodríguez Espada:

Al acusar recibo de su afectuosa carta de fecha 4 de abril. Pláceme dedicarle esta postal como testimonio de la honorifica distinción demostrada merced a su hidalga y gaucha personalidad criolla que permitió este emocional reencuentro previo al desfile de jinetes que encabezaron sus subalternos conjuntamente con los suscritos y demás descendientes de la Agrupación Indígena que represento, con motivo del modesto y sincero homenaje de despedida realizado el 12 de diciembre de 1976 en mi residencia domiciliaria. Al respecto debo expresarle que dicho acto nos templó para rememorar el histórico encuentro de paz entre el coronel R. Suarez con mi bisabuelo Bartolomé Curruhuinca y su hijo Enrique Curruhuinca (fallecido) con los grados de capitán y teniente primero de baquiano bajo los primeros 260 y 262 respectivamente, según certificado expedido por el extinto coronel Celestino Pérez en reconocimiento de sus Patrióticos Servicio prestados al Ejército Expedicionario del Desierto. Con tal motivo hago propicia la oportunidad para reiterarle mi mayor estima y aprecio en nombre de la Agrupación Indígena y el mío propio, deseándole feliz bienestar y prosperidad en compañía de los suyos.

Francisco A. Curruhuinca
Jefe Agrupación Indígena

Por el Tcnl (R) Enrique Oscar Dietrich

En una unidad de Caballería con guarnición en Corrientes, hace muchos años, tres oficiales regresaban al Casino durante la noche, debiendo pasar cerca de un Puesto de Guardia.

Conocida es la frase que los centinelas deben pronunciar con voz enérgica para que quienes se acercan a su puesto de guardia se vean obligados a identificarse: ¡ALTO! ¿QUIEN VIVE?

Sin embargo, al ver el grupo, el soldado apostado grita con energía: ¡ALTO! ¿CON QUIÉN VIVIS? (Típico del correntino que traduce al castellano lo que piensa en guaraní, lengua donde no hay otra forma de dirigirse a otra persona que tuteándolo).

Uno de los oficiales le responde con energía ¡CON TU HERMANA!. Ya el soldadito reconoció esa voz y los deja avanzar hasta que, al pasar cerca de él, responde con sarcasmo: ¡AHÁ……YA ME PARECÍA QUE NO ERA LA VOZ DE MI CUÑAO! y al unísono estalló una carcajada general.

Anécdotas como estas reflejan el sentido del humor y camaradería entre soldados que marca el espíritu del Regimiento.

Por el Tcnl (R) Enrique Oscar Dietrich

Esta es una de esas bromas entre camaradas que se hacen violando la buena fe y cuando se da por descartado que donde uno pone la firma está escrito lo que corresponde.

Sucedió en un Comando de la Capital, donde un jefe de Caballería le pide a un camarada polista como él quien hacía un tiempo que se encontraba en la ciudad y conocía los trámites ante la Asociación Argentina de Polo, que le preparara una nota para que le redujeran su handicap, que es el puntaje que se le da a un jugador por su calidad de juego y que se utiliza en los partidos y prácticas para equilibrar los equipos ante jugadores de diferente experiencia y eficacia. Aquel que tiene mas puntos debe otorgar goles de ventaja al adversario, y por ello aquellos jugadores que tienen un handicap mas alto de lo que realmente juegan, son un desperdicio para sus compañeros de equipo que nunca quieren jugar con ellos porque los obliga a regalarle goles a los contrarios.

Pero aquí va la nota firmada por el confiado jugador que le confeccionó su “confiable” camarada:

Buenos Aires, 25 de agosto de 1992

AL PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN ARGENTINA DE POLO

Solicito a Ud. contemple la posibilidad de disminuirme el handicap de 4 goles que ostento por los siguientes motivos que fundamentan la presente:

1. La poca actividad realizada en los últimos años. 2. El accidente sufrido durante un partido que dejó secuelas.

Por lo expresado, el suscripto se ve diminuido en una serie de aspectos que paso a detallar:

1. Pérdida parcial de flexibilidad en la cintura agravada por exceso de peso. 2. Dificultad para introducir el pié en el estribo izquierdo como consecuencia de “ montar poco”. 3. Limitados reflejos para afrontar una eventual “caída”, con el agravante de encontrarme alejado de mi familia. 4. Por lo expuesto en el punto anterior me veo permanentemente tentado a las comidas “pesadas”, bebidas alcohólicas y actividades nocturnas con todos los riesgos que ello ocasiona; sin descartar la presencia de alguna mujer de vida ligera.

En mi imposibilidad de poder vencer todas esas tentaciones es que solicito se de curso favorable al presente pedido por lo menos hasta tanto pueda reencausar mi vida y aspecto físico.

¿Firmado?

NOTA: Si bien conocemos al autor de la nota y a la víctima, mantendremos a los causantes en el anonimato a efectos de evitar represalias.

Por el Tcnl (R) Enrique Oscar Dietrich

En la década del sesenta, los cadetes que venían del interior, en su gran mayoría no conocían la Capital Federal.

Un salteño, hoy Coronel de Caballería retirado, contaba que su tío lo fue a buscar y para ir a su casa, antes de presentarse como “bípedo” en el Colegio Militar de la Nación, tomaron el subterráneo en la Estación Retiro.

Al acercarse a la escalera mecánica, desconocida para él, tomó sus precauciones para subir y durante el recorrido una fuerte impresión le causó este suelo movedizo.

Al llegar al final del recorrido su tío, con ironía, lo previno: “Tené cuidado con el “tragapata”.

Contaba entonces que midió la distancia, tomó envión, dijo ¡Guarda! y ante la gente que miraba sin entender, pegó un salto en largo con el estado físico de un aspirante que va a rendir las exigencias del ingreso que impresionó a todo el público que también festejó la broma, no siendo el primero ni el único en pasar esa prueba de novato (pajuerano).

Por el Tcnl (R) Enrique Oscar Dietrich

En el año 1968 un subteniente del Regimiento 5 de Caballería, con asiento en Salta, viaja a Buenos Aires a participar en los campeonatos hípicos finales del Ejército.

Que lindo es recordar todo lo que aquello traía aparejado, sobre todo porque una de las tareas importantes era el traslado de los caballos en tren, el que duraba no menos de dos días de viaje.

Los caballerizos eran del norte y, salvo muy contadas excepciones, era la primera vez que pisaban Buenos Aires, con todo lo desconocido para ellos y atractivo de la gran ciudad.

Era común que los oficiales les hicieran conocer las cosas que más les impresionarían. Una era el subterráneo, el que además traía aparejada la aventura de la escalera mecánica, otra los ascensores, los que podían los llevaban al parque de diversiones (en esa época estaba el Italpark), y el paseo tradicional era el Zoológico.

El caballerizo en cuestión era el soldado Enríquez, nacido en la provincia del Chaco y que nunca había pisado tan al sur.

Para comer algo luego de un paseo fueron a la costanera y quedó maravillado con el río. No podía creer lo ancho que era y ante esa inmensidad dijo:

”…SI ESTE ES EL RIO MI SUBTENIENTE, ¡COMO SERÁN LOS YACARESES!”

Sentado: el Soldado Enríquez

Por el Tcnl (R) Enrique Oscar Dietrich

Villaguay (Entre Ríos) – Regimiento 1 de Caballería – Año 1975

Caballerizo del Jefe del Escuadrón de Tanques A, el soldado Sandoval – El “Negro” Sandoval.

Oriundo del norte de la provincia de Santa Fe, chaco santafesino: grandote, chueco, buen domador, trabajador incansable, hachero, leal, noble, era un verdadero exponente de lo mejor de nuestra tradición tan querida y olvidada. Pero eso sí, no le gustaba ir a la escuela y había que andar controlándolo porque en cuanto podía se escapaba de la clase de los “analfabetos”, como se la solía llamar en ese entonces.

Sandoval no sabía leer ni escribir, como tantos de los que llegaban a hacer el Servicio Militar, pero que con alegría y verdadero orgullo al poco tiempo sorprendían a sus padres, con su cartita escrita y firmada de puño y letra.

Aquella tarde Sandoval no estaba en la escuela, no estaba en las caballerizas, tampoco en el monturero y no había ensillado ningún caballo, todos estaban racionando. Se lo buscó por todas partes, pero no hubo caso.

A la hora del rancho aparece su Jefe de Escuadrón y lo llama ¡SOLDADO SANDOVAL, VENGA! ¿POR QUÉ NO FUE A LA ESCUELA? Sandoval hacía todo bien y no le gustaba que lo encontraran en falta pero no tenía escapatoria, era orgulloso y en la posición de firmes, con su chuequera de jinete pero siempre derechito, contestó en voz baja: ESTABA MELIANDO MI TENIENTE PRIMERO

El oficial, para no reconocer que no sabía lo que quería decir, le preguntó ¿DÓNDE? (el mal pensado de su jefe supuso que estaba noviando). ARRIBA DE AQUEL ÁRBOL MI TENIENTE PRIMERO (señalando uno lejano). Más mal pensado, aquel jefe pensó en lo incómodo de la situación para noviar arriba de un árbol y le preguntó ¿Y CON QUIÉN ANDABAS MELIANDO?, a lo que Sandoval le contestó: CON EL CAMOATÍ, MI TENIENTE PRIMERO. El “Negro” se había dado una buena panzada de miel con galleta, la que nunca le faltaba en su bolsa de rancho.

Ahí me quedó la duda de quién era el analfabeto. Cuanto querría volver a ver a ese milico tan querido!.

NOTA: Camoati (camuatí o camachui) es el nombre común con que se designan a varias especies de avispas (himenópteros) en Argentina y Uruguay, en particular se refiere a la especie Polybia scutellaris. Son avispas eusociales que forman enjambres numerosos cuyos nidos de cartón penden en su mayoría de los árboles, pero también lo hacen en rocas así como en los techos de casas y galpones. Producen una miel oscura y algo áspera. El mismo nombre reciben los nidos de estos insectos.

El “Negro” Sandoval

Por el Tcnl (R) Enrique Oscar Dietrich

Esta anécdota sucedió en Villaguay, Entre Ríos, en el cuartel del 1 de Caballería “Coronel Brandsen”, en el año 1974.

Eran épocas que debido a la situación reinante se reforzaban las medidas de seguridad. Dicha seguridad era brindada, en forma alternada, por los diferentes escuadrones que formaban el regimiento.

En este caso se encontraba de guardia el Escuadrón Servicios, con su jefe a la cabeza.

Antes de entrar en la anécdota, vale hacer un poquito de historia para recordar quién era Federico de Brandsen, quien por su valentía, coraje y, por sobre todo, su sumisión ante la orden de su superior, cargó contra el enemigo aun sabiendo que se trataba de una misión suicida.

Todos advirtieron que la orden del Gral Alvear, durante el desarrollo de la batalla de Ituzaingo, enviaba al sacrificio al Regimiento 1 de Caballería, ante lo cual Brandsen hizo la advertencia. El comandante, altivo, le contestó si cuando servía a las órdenes de Napoleón, cuestionaba las mismas. Antes de que terminara de responderle ya Brandsen se lanzaba con sus lanceros y moría al frente del 1 junto con su ayudante, el hermano del general Juan Galo de Lavalle, que cargaba por otro flanco.

A raíz de aquella gloriosa jornada se ganó en el campo de batalla la guerra contra el Imperio del Brasil, aunque, posteriormente, se perdió la negociación política, cediendo a los intereses ingleses, y quedando separado definitivamente el Uruguay de las Provincias Unidas.

No obstante ello, un decreto del Presidente Bernardino Rivadavia del 19 de marzo de 1827 dispuso en su Artículo 4to, lo siguiente: “El Coronel del Regimiento Primero de Línea Don Federico Brandsen, y el Comandante del Escuadrón del Segundo Don Manuel Besares, que murieron gloriosamente en el campo de batalla, pasarán siempre revista de presente en dichos cuerpos respondiendo por el primero el Coronel (o sea el Jefe del Regimiento 1) y por el segundo el Teniente Coronel (en este segundo se refiere al 2 de Caballería y se hace en ese Regimiento contestando el Segundo Jefe) y perpetuando de éste modo su digna memoria” (Ver Historia de los Premio Militares Tomo 1 – página341).

Y aquí volvemos a la anécdota, ya que en cumplimiento de ese decreto, el Jefe del Regimiento, Tcnl Franco, contestaba siempre ¡PRESENTE! cada vez que en las formaciones un oficial invocaba el nombre del bravo Brandsen.

Aquel día de la guardia del Escuadrón Servicios el soldado apostado en el ingreso al cuartel reconoce de lejos el jeep del jefe del regimiento que se venía acercando y levanta la barrera para dejarlo pasar. El Jefe detiene el vehículo e interroga al soldado observándolo por levantar la barrera con antelación y le pregunta ¿USTED ME CONOCE? Si mi coronel (ya lo había ascendido) ¿QUIÉN SOY YO? (y en buen entrerriano le contesta) ¿COMO NO LO VOY A CONOCER MI CORONEL? USTED ES MI CORONEL BRANDSEN!!

Por el Cnl (R) José Manuel Díaz Diez

Corría el año 1982 y en San Martin de los Andes, cuartel del Regimiento de Caballería de Montaña 4 “Coraceros General Lavalle”, el invierno se había desatado con dureza.

Con una caballada de más de 700 yeguarizos, era lógico que los más viejos, a pesar de que estaban alojados en caballerizas cubiertas, se resintieran con el frío, se agravaran sus achaques y varios de ellos murieran.

Todas las mañanas, antes de iniciar las actividades del día, el Regimiento con sus más de 800 hombres, formaba en la Plaza de Armas para izar la bandera, cantar “Aurora”, leer la Orden del Día y para que el Jefe o el 2do Jefe, según quien presidiera la formación, impartiera algunas órdenes de rutina.

Era habitual que durante la lectura de la Orden del Día, entre otras cosas, se leyera la efeméride patria, se comunicara el personal que cubriría el servicio de armas del día siguiente y, eventualmente, se diera a conocer la numeración de los caballos fallecidos, requisito exigido para poder descargarlos del inventario de Remonta.

Al leerse los integrantes del servicio de armas, los nombrados debían contestar a viva voz ¡Presente!.

El Jefe del Escuadrón Comando, entonces Tte 1ro y hoy Cnl (R), padecía de una muy pronunciada sordera que se le había ido agravando con los años pero, como decía él, “por elegancia” y para no aparecer como disminuido ante sus hombres, se negaba a usar audífono a pesar de que los médicos se lo habían recomendado.

Como no escuchaba nada cuando se leía la Orden del Día, le había ordenado a su oficial más antiguo, en ese entonces Subt y hoy Grl Br, y que formaba a su izquierda, que cada vez que lo mencionaran lo codeara para poder contestar el ¡Presente! de rigor.

Esta orden era vox populi entre los oficiales jóvenes y es por ello que los Jefes de Escuadrón decidieron gastarle una broma. Lo presionaron al subteniente para que lo codeara cuando se leyera el fallecimiento de un caballo, a lo que el joven oficial, con cierto temor, finalmente accedió.

Al día siguiente, la Plaza de Armas amaneció nevada, con lo cual, a pesar de los 800 hombres formados con armamento para el posterior desfile diario, y que la cubrían en toda su extensión, el silencio era sepulcral por el efecto amortiguador de los ruidos que provoca la nieve. El Escuadrón Comando formaba justo en el centro del dispositivo, dando frente a la bandera, con su Jefe de Escuadrón a la cabeza y el Subteniente de la anécdota a su izquierda.

Se dio inicio a la lectura de la Orden del Día y los nombrados para los servicios de armas comenzaron a gritar presente. A continuación correspondía leer los caballos fallecidos. Todos los oficiales fijamos nuestra mirada en el pobre subteniente, como queriéndolo presionar para que no se arrepintiera.

Y fue entonces que el Ayudante del Jefe leyó las palabras fatales: “Dese de baja por fallecido al yeguarizo de tropa Nro de Orden 274”. En un acto de arrojo, el subteniente codeó a su jefe y este, tomando la posición militar, sacando pecho para dar el ejemplo y con voz firme y varonil gritó “Presente!!!”, en ese marco de silencio que provocaba la nevada.

La carcajada generalizada del Regimiento, desde el Jefe al último Soldado, creo que se debe haber escuchado a varios kilómetros de distancia. El Jefe de Escuadrón sorprendido y desconcertado giró la cabeza hacia la izquierda mirando al pobre Subteniente de arriba abajo preguntándose qué había sucedido, mientras el joven oficial permanecía inmóvil con la vista al frente y sin esbozar ni una leve sonrisa.

Cuando el Tte 1ro tomo conciencia de lo que realmente había sucedido, el Subteniente fue a parar con sus huesos a la pieza “para reflexionar”, de la que se lo autorizó a salir recién tres días después merced a las presiones ejercidas por los Jefes de Escuadrón que habían sido los responsables de preparar la broma.

Como no hay mal que por bien no venga, al poco tiempo el Tte 1ro comenzó a lucir un audífono de última generación.

Por el Cnl Manuel de Olazábal

A su regreso definitivo de Perú y Chile, el General San Martín permaneció un tiempo en Mendoza acompañado por el Coronel Manuel de Olazábal, quién de la intimidad del Libertador relató lo siguiente:

“Unos de los muchos días que comía con el general, lo hallé en su dormitorio con una pequeña imprenta sobre la mesa y cuatro botellas de vino, timbrando unos papelitos como los que traen los licores. En el momento que entré, me preguntó: ‘¿A que no adivina usted lo qué estoy haciendo?’ – No señor, le respondí. ‘pues vea usted, cuando invadimos a Chile en 1817, dejé en mi chacra unas cincuenta botellas de vino moscatel, de uno riquísimo que me había regalado D. José Godoy’.

Hoy tendré a la mesa a Mosquera, Arcos y a Vd, y a los postres pediré estas botellas y verá lo que somos los americanos, que en todo damos la preferencia al extranjero. A estas botellas de vino de Málaga, les he puesto de Mendoza, y las de aquí, de Málaga

“Efectivamente, después de la comida, San Martín pidió los vinos diciendo: ‘Vamos a ver si están Vds. conformes conmigo sobre la supremacía de mi Mendocino’. Se sirvió primero el de Málaga con el rótulo Mendoza. Los convidados, dijeron a lo más, que era rico vino pero que le faltaba fragancia.

En seguida, se llenaron nuevas copas con el del letrero Málaga, pero que era de Mendoza. Al momento prorrumpieron los dos diciendo: ¡Oh! hay una inmensa diferencia, esto es exquisito, no hay punto de comparación.

El General soltó la risa, y le lanzó: ‘Ustedes son unos pillos que se alucinan con el timbre’ y en seguida le contó la trampa que había hecho.

Terminó reflexionando Olazábal: “Todo el que hubiera visto al general sin conocer su epopeya, imposible que creyera que aquel hombre era el que simbolizaba las más grandes glorias de las República Argentina, Chilena y Peruana”.

El 7 de Junio, alrededor de 700 jinetes, componentes de la oficialidad de las dependencias y unidades con sede en la metrópoli, participaron del recorrido de caza organizado por el comandante de la primera división del Ejército que se realizó por la mañana en los paseos de Palermo.

Poco antes de las diez estaban congregados en la intersección de la calle Dorrego y la avenida Centenario, frente al antiguo edificio del Tiro Federal Argentino, los oficiales superiores, jefes y oficiales de las direcciones generales y otras dependencias radicadas en la Capital Federal y de los regimientos de guarnición en Buenos Aires.

A la hora indicada el Sr. Ministro de Guerra rompió de inmediato la marcha, seguido con intervalos de tres minutos, por las diez diferentes agrupaciones en que habían sido distribuidos los jefes y oficiales concurrentes, según la siguiente composición:

Agrupación N° 1: secretaria del Ministerio de Guerra, comando de la primera división del Ejército, comando de artillería de la primera división del Ejército, Inspección General del Ejército y primera región militar; agrupación N ° 2: Estado Mayor General del Ejercito; agrupación N° 3: cuartel-maestre general del interior y Dirección General de Administración; agrupaciones Nos. 4, 5 y 6: Escuela Superior de Guerra; agrupación N° 7: Dirección General de Remonta, Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martin” y Regimiento 8 de Caballería “Cazadores General Necochea”; agrupación N° 8: Dirección General del Material del Ejército; agrupación N° 9: Instituto Geográfico Militar, Dirección General de Personal, Dirección General de Ingenieros, Dirección General de Sanidad, Auditoria General de Guerra y Marina, Consejo Supremo de Guerra y Marina, Consejo de Guerra para Jefes y Oficiales, Consejo de Guerra Permanente para Suboficiales y Tropa de la Capital y Comisión Revisora de Pensiones Militares, y agrupación N° 10: Comando de infantería de la primera división de Ejército, Regimiento N° 1 de Infantería “Patricios”, Regimiento N° 2 de Infantería “General Balcarce”, Regimiento N° 3 de Infantería “General Belgrano” y Regimiento N° 1 de Artillería Montada.

En este orden, la extensa columna cubrió aproximadamente 9 kilómetros por los paseos del bosque de Palermo y la costanera norte, bien al paso, al trote o al galope, cambios de aire que iban siendo indicados por banderines de que eran portadores soldados ubicados a lo largo del trayecto, y salvando vallas naturales o artificiales.

A mediodía los participantes de la marcha se reunieron en el vivero de Palermo, en donde se sirvió un “lunch”, luego de ser saludado el Señor Ministro por los oficiales concurrentes.

Transcripción de un apartado de la sección “Informaciones” de la Revista Militar, publicación del Círculo Militar, N° 461 Jun 1939 Pág. 1423.

Por el Cnl Julio Sosa

A continuación se pone a consideración de nuestros lectores un fragmento de un artículo de la autoría del Coronel D Julio Sosa, intitulado “Recuerdos de Frontera”, el que fuera publicado a lo largo del año 1939 en la Revista Militar editada por el Círculo Militar.

El artículo de referencia recoge las vivencias del “convoy de carros” del Regimiento de Caballería N° 3 (C3) a principios del Siglo XX, cuando dicha Unidad se encontraba con guarnición en San Martin de los Andes (Neuquén), localidad a la que había fundado el 4 de febrero de 1898, mientras se encontraba bajo el comando del Cnl D Celestino Pérez.

Dice así:

“La presencia del mayor Lamadrid señaló la iniciación de una época de oro en las actividades hípicas del C.3.

Gran jinete, fue ejemplo de sus oficiales, por su dinamismo, su empuje y su decisión para enfrentar, él primero, los obstáculos más difíciles. Así cimentó su alto prestigio y sirvió de emulo de sus subordinados, a quienes contagio de saludable entusiasmo por el caballo.

Las cacerías de los sábados llegaron a ser famosas. Todavía vivimos algunos de los participantes. Entre ellos los tenientes coroneles (S.R.) D. Rosel Villafañe y San Román, capitanes (S.R.) D. Mauricio Alonso, D. Antonio Miralles y D. Ernesto Rodríguez y algunos otros que escapan a mi memoria. Si leen estos renglones recordaran las emociones vividas en esos galopes cuesta abajo y a través del terreo agreste y variado de los alrededores de San Martin de los Andes. Fuertes y prolongadas pendientes que uno descendía como en tobogán: arroyos para franquear a nado; cercos vivos o de palos atravesados y largos faldeos, constituían la pista de obstáculos, natural y formidable, en que diariamente actuaban los oficiales del C.3. Resultados: Jinetes de terreno variado, con gran entrenamiento y bien montados.

Desde luego que ante la perspectiva de las cacerías al uso del mayor Lamadrid…, todos nos preocupábamos de tener nuestro verdadero caballo de armas, que adquiriría la categoría de seguro de vida. Bastante que lo lamentaba el que tenía la mala suerte de montar un caballo de pocas condiciones el día en el que el mayor Lamadrid se le ocurría hacer un “recorrido un poco variado”… No hay duda que había que tener un buen caballo y varias cosas más… para acompañarlo”.

Revista Militar N° 460 Mayo de 1939 Pág. 986, Viene de la Revista Militar N° 457 Febrero de 1939 Pág. 295

Por el Grl Br Eduardo Américo Lucchesi (*)

El presente trabajo fue elaborado por el señor general, poco tiempo antes de su muerte y pasado a máquina por una de sus hijas. El Grl Lucchesi, junto a su hijo, el Cnl Alberto Américo Lucchesi, llegaron a corregir el primer borrador. El único ejemplar corregido, fue hallado recientemente por el señor coronel y pasado su computadora, para luego acercarlo a esta Comisión para exponerlo ante todos sus camaradas. Agradecemos dicho gesto.

PRIMEROS PASOS

Poco se recuerda o ha escrito sobre la destreza a caballo en el Ejército Argentino, una actividad ecuestre que, aún en el esplendor de la Caballería, sólo se la practicó en sus unidades en forma parcial o aislada, más por la iniciativa de algún oficial o jefe de elemento que como consecuencia de una instrucción programada o competencias institucionalizada, tal como se lo hacía con la equitación, polo, salto y pato. Fugazmente aparecía en el Colegio Militar de la Nación (CMN) a manera de exhibición, para luego ocultarse, sin pena ni gloria. A mediados de la década del treinta, pudo haberse incluido en la instrucción montada de los regimientos de caballería o adoptarse como disciplina deportiva, pero ello no ocurrió. Sin desmérito de las otras actividades ecuestres, en aquel entonces la destreza a caballo era la que más se ajustaba a la Caballería como Arma. Basta con recordar que los conjuntos se instruían para operar a caballo, que existía más de un caballo de tropa por hombre, que no requería de ningún equipo especial, que la lanza (después reemplazada por el sable) era su arma de dotación y que sus ejercicios contribuían a desarrollar rápidamente la valentía, cualidad sustantiva en todo soldado, de ayer y de hoy.

La primera experiencia en la materia se remonta a mis épocas de cadete del Colegio Militar de la Nación, allá por 1934, cuando el Escuadrón de Caballería preparó una exhibición de destreza para una delegación de Brasil. Los ejecutores, salvo raras excepciones, éramos bisoños jinetes. Pese a ello los rendimientos fueron excelentes. Era evidente que tres factores habían sido cruciales para que ello ocurra: el ejemplo personal del Tte 1ro Filippi, una preparación intensa y el excelente estado físico de los participantes. Por experiencia personal y por lo que viví, después de aquella exhibición nuestra soltura como jinetes fue mucho mayor.

La destreza a caballo que aquí se practicaba encontraba sus orígenes en los pueblos asiáticos (persas, hunos y mongoles) Se expandió en occidente, después de haber sufrido adaptaciones, de la mano de sus herederos: los cosacos rusos. Estos soberbios y legendarios jinetes, siguen, hoy, preservando sus virtudes ecuestres, entremezclando su inigualable destreza con la preparación para el combate montado, siempre estimulados con músicas y bailes acordes con el perfil acrobático y vigoroso que les conocemos. En nuestra Arma, el estilo cosaco no pasó desapercibido, echando raíces que han sobrevivido más de un siglo, fundamentalmente en el Escuadrón del CMN y, desde hace unos años, en la Escuadra Azul de la Policía Federal (con ejecutores estables).

PUESTA EN PRÁCTICA

Aquella bajada de telón en el CMN, lejos de apagar mi interés por esta actividad, lo mantuvo vivo hasta que llegué a mi primer destino y me vi rodeado por centenares de caballos. En medio del ambiente propicio que me brindaba el “4 de Caballería”, con asiento inicial en Mercedes Provincia de San Luis, encontré el camino ideal para imitar a aquel instructor del CMN y, al mismo tiempo, trasladar esa experiencia a todos mis subordinados (suboficiales y soldados) Sin dejar de cumplir con el resto de mis responsabilidades, poco a poco fui incorporando en mi sección nuevos ejercicios, al tiempo que clasificaba aptitudes individuales para ejecutarlos. Todo, se hacía a la vista de mis superiores y con el decidido respaldo de dos indiscutibles centauros: mi primer Jefe de Escuadrón el Tte 1ro Baigorria y mi primer Jefe de Regimiento, el Teniente Coronel Fósbery ¡Qué jefazos! Con estos dos personajes novelescos no se permitían flojedades a caballo.

Como instructor de caballería trabajé con todo tipo de hombres, desde los que no sabían montar hasta los domadores. Tuve a mis órdenes gente de ciudad, indios, gauchos, gringos y militares. Con los que ya eran jinetes (nunca superaron el 50 %) coincidíamos en dos aspectos: el apego al caballo y su dominio. A partir de allí, aparecían las diferencias, especialmente en la instrucción de destreza a caballo. Nuestro indio, consumado jinete y amansador, tenía su propio estilo de montar, siempre a pelo y sin embocadura. El gaucho, orgullo de nuestro acervo ecuestre, expresaba sus habilidades montadas en sintonía con las tareas rurales que cumplía, siempre en recado. Ambos tipos de jinetes, por su genética independiente y carencias en la educación, eran bastante impermeables a las formalidades que requería la instrucción en general y la destreza en particular (con montura de tropa, entre otras cosas) Quizás por estas peculiaridades tan arraigadas en ellos y por la disciplina de ejecución que nos era propia, su adaptación a la destreza llevaba su tiempo, pero, cuando se lograba, eran inigualables jinetes, los más entusiastas. Dicho sea de paso, en todas las exhibiciones que llevé a cabo, la gente de campo y de a caballo, era la que más se asombraba y que más aplaudía las travesuras cosacas de mis subordinados. Las propias actividades ecuestres (instrucción y deportivas) también diferían, sobre todo por tres aspectos inherentes de la destreza a caballo: acrobacia a lo cosaco, riesgo en todos los ejercicios y aire de carrera del principio al fin. Sin carrera a tumba abierta, como gustábamos llamar al ritmo de todas las pruebas, no existía destreza plena, sólo prácticas u otra actividad.

Suele confundirse, lo que considerábamos destreza a caballo, con los ejercicios de docilidad del animal (pasar entre sus patas, sentarlo sobre su grupa, acostarlo, etc.), con los de instrucción con caballo detenido (vertical (cabeza abajo), tijeras, etc.) o con las prácticas acrobáticas en picaderos o a la cuerda. Los primeros eran propios de la instrucción formal de los escuadrones, las últimas, solían ser los primeros pasos de la destreza a caballo, necesarias para entrenar o adiestrar al personal o al ganado. Nos valíamos, es cierto, de algunos de esos ejercicios para ampliar las demostraciones o exhibiciones de destreza a caballo. Pero ésta, para ser bien claro, no reconocía otro aire que la carrera ni otros escenarios que el campo abierto, canchas de polo, hipódromos o similares. En esas condiciones mis hombres (sección, subunidad y regimiento, según pasaban los años) practicaron destreza a caballo. Todos, sin exclusiones, crecieron en intrepidez y sin tener que lamentar accidentes graves. Para las ejercitaciones complicadas o muy riesgosas apelaba a voluntarios, el resto se ejecutaban de acuerdo a las aptitudes individuales y con un menú muy variado: cuadrigas o “pirámides”, parado sobre la monturas, escondido en los laterales o verijas, volteos de distinto tipo, lancear, sablear, tirar cuchillos, levantar objetos del suelo, pasaje y salto de obstáculos con fuego…Solamente las demostraciones de destreza públicas, estuvieron sujetas a un riguroso proceso selectivo (los mejores hombres y caballos, para cada ejercicio) Estas, sí, podían complementarse (con ejercicios de docilidad del ganado) y debían engalanarse (banderas, banderines, arcadas de fuego, estruendos, disparos con munición de fogueo, toques de clarín, humo, etc) El equipo? Siempre el mismo, el provisto, muy sencillo, lo más liviano posible y adaptado a la prueba (frenos para lancear y sablear, doble cincha para determinadas pruebas, estriberas más largas según el ejercicio, riendas auxiliares, etc).

El buen ojo y los desvelos de un instructor de destreza no tenían que limitarse a las etapas de selección e instrucción. Para evitar males mayores, el responsable, debía seguir muy fino con la detección de las involuciones de hombres y ganado, las que podían anunciarse con síntomas insignificantes o ser consecuencia de pequeños contratiempos: temeridad o exceso de precauciones, rostros con miedo, alteraciones en los caballos, caídas y golpes sin consecuencias importantes, lastimaduras o peladuras en la cruz del ganado, enfermedades, heridas mal curadas, pérdidas de reflejos o equilibrio, falta de aptitud física…. Nada debía descartarse, ni la docilidad del ganado bien adiestrado estaba asegurada cuando era expuesto a grandes alborotos (fuego, disparos, explosiones, público, etc.) Tampoco se podía confiar en el buen estado de los equipos o en la eficiencia de los jinetes más experimentados. Antes y después de cada prueba, ambas cuestiones debían ser motivo de inspecciones rigurosas, especialmente los aspectos que aseguraban el dominio del caballo (cabezadas, embocaduras, riendas) y las que hacían a la seguridad (cinchas, charnelas, estriberas y todo cuero necesario para un ejercicio).

No hay duda que los accidentes pueden presentarse en todas las actividades montadas. Lo que si era seguro que estaban más latentes en la destreza a caballo porque, el riesgo, formaba parte de su naturaleza, no podía faltar. Al igual que al buen domador, sólo el oficio aseguraba integridad física. Había que lograrlo progresivamente y en poco tiempo, porque el vértigo de ejecución no daba para andar con titubeos en ninguna prueba, mucho menos en posiciones poco ortodoxas y sin posibilidades de controlar la acción. La rodada, la dada vuelta de la montura, un cambio brusco en la dirección, una falla en el equipo, una lanza quebrada, el rebote de un cuchillo,….se presentaban cuando uno menos lo esperaba, como queriendo tantear la idoneidad del jinete, sus buenos reflejos y su estado físico. Para los mejores dotados, no importaba cuantas veces se asomase el peligro, después de salir airosos, volvían a desafiarlo. Parecían atrapados por los placeres de una sinfonía ecuestre que los seducía con sus retos, con su ritmo desenfrenado y con el acelerado repiqueteo de cascos.

Como instructor siempre procuré que esta actividad fuese una verdadera diversión y ¡vaya que lo era! Especialmente a medida que se acrecentaba la confianza de los ejecutores, que las escuadras cosechaban aplausos o ponderaciones, que el jinete adquiría el dominio de un nuevo ejercicio…Ni hablar cuando mis secciones o subunidades, instruidas en comunicaciones, hacían destreza a caballo teniendo por espectadores a los escuadrones de caballería. La alegría de espíritu, la algarabía tan propia de los cosacos, debía reflejarse con gestos y gargantas en todo momento, especialmente cuando los móviles tomaban carrera. Eran dignos de escuchar los alaridos, los zapucay y las vivas a la Patria, que proferían ejecutantes y espectadores ante un pasaje de volteo cosaco, ante el flamear de banderas o ante un jinete que se reincorporaba después de una caída y volvía a montar. Para redondear estas reflexiones creo oportuno aclarar que mi dedicación a esta actividad, no fue en detrimento de mis obligaciones como instructor ni de mi perfeccionamiento integral como oficial de Caballería. Simplemente aproveché los años jóvenes y las condiciones favorables existentes, para ir concretando aspiraciones profesionales y explotar dos de mis mayores aptitudes: la destreza a caballo y el atletismo militar (como teniente clasifiqué entre los diez primeros de la Fuerza) Gracias a esta última, especialmente mi idoneidad en grandes aparatos, la acrobacia a caballo no me requirió mayores esfuerzos.

Como la llama de la destreza a caballo por ahora no se ha extinguido, me atreveré a volcar lo que primero me venga a la mente, lo que no he olvidado, sobre algunas de las pruebas.

LANCEO Y DESTREZA DE LANZA

Se lanceaba con lanza de dotación de caña de tacuara (los indios las hacían con caña de colihue), de derecha a izquierda, al suelo y hacia atrás. Por precaución se debía ordenar, claramente, si el arma será usada con o sin cubre moharra. El instructor o quien estaba a cargo de la prueba, para decidirse, tenía muy presente la experiencia del lancero y la complejidad del ejercicio. Igualmente, una lanza quebrada o el regatón siempre mantenían su peligrosidad, este último especialmente en una clavada en el suelo.

El lanceo sobre esferas de lona prensada era el más severo por el impacto, el que repercutía bruscamente en la lanza, en el hombro y en el asiento del jinete. Este objetivo, de unos 20 cm de diámetro, estaba unido a una cadena de bozal que se desplazaba en la cúspide de un poste de madera bien enterrado y resistente. En el otro extremo de la cadena se ataban 10 a 15 herraduras. A mayor peso, aumentaba las posibilidades de rotura de la lanza y el golpe en el hombro era más fuerte. Por estas razones, la sobrecarga de herraduras debía ser menor cuando se lanceaba en forma frecuente o cuando el ejecutante tenía poca experiencia en este ejercicio. Una lanza partida, lesiones en las articulaciones del hombro y caídas del caballo iban de la mano con el lanceo. Tampoco faltaban lesiones en las piernas por llevarse puesto el poste de madera, producto de una volcada demasiado brusca del caballo o una embocadura inadecuada. Los muñecos (en el suelo o colgados), los aros, los globos…, no debían faltar en una pista con esta arma. También, el recorrido, podía complementarse con arcadas con fuego y pequeños saltos. Eso sí, para medir la solvencia del jinete y su caballo, no se concebía un circuito de lanceo sin un par de objetivos con esferas o bochas grandes como el descripto.

La destreza de lanza con la lanza, dentro o fuera del circuito de lanceo, eran para el lancero mucho más que un adorno de sus aptitudes. Algunas de estas filigranas formaban parte del cambio de empuñadura que debía proceder o preceder al impacto de la lanza. Todas dejaban al descubierto el control del lancero sobre su arma y sobre su cabalgadura, también adiestrada para no obstaculizar las rotaciones de la lanza. Las prácticas se hacían primero a pie firme. Una vez adquirida la habilidad en la ejercitación, recién, se la practicaba montada. Siempre con cubre moharra y, cuando las filigranas se ejecutaban a la carrera y en filas, con una buena distancia entre los jinetes.

Con esta arma tuve un dios aparte. Agotadas todas las posibilidades que ofrecía su uso, un día se me ocurrió lanzarla sobre un blanco, sin cubre moharra y con el caballo a la carrera. Al arrojarla hacia adelante el caballo siguió su trayectoria hasta donde se estaba por clavar, directo hacia el regatón. Todo fue tan instantáneo que sólo reflejos instintivos pudieron haberme sacado de las manos de la parca. Desde ese momento, estuve más atento en el manejo del caballo y efectué los lanzamientos más abiertos.

LANZAMIENTO DE CUCHILLOS

Esta era una destreza para muy pocos. Debía adquirirse, primero, a pie firme. Con esa aptitud, recién se efectuaban los lanzamientos de cuchillos a caballo, aumentando progresivamente sus aires, al tiempo que se reducía la trayectoria del brazo hacia atrás. A la carrera este movimiento debía desaparecer porque complicaba los cálculos instintivos de tiempo y distancia. Bastaba sujetar el cuchillo por su punta con los dedos índice y pulgar e imprimirle un pequeño movimiento de rotación en el lanzamiento. La misma velocidad del caballo aseguraba una buena penetración del cuchillo. Al igual que los lanzamientos de lanza, la dirección debería oblicuarse con respecto a la mantenida por el binomio, so pena de recibir algún rebote (caballo o jinete).

Los blancos más usados eran tablones o muñecos. Los cuchillos, de 25 a 30 cm, eran acondicionados a gusto del jinete, dándole rusticidad a las empuñaduras, balance y forma de puñales. Los almacenes de la zona vendían hojas de acero “Arbolito” y los herreros hacían el resto. Un lanzador ambicioso prendía fuego al mango del cuchillo empuñado y llevaba los que podía entre los dientes.

SABLEO O DESTREZA DE SABLES

Sablear no tenía muchos misterios ni riesgos para el jinete, pero, como todo ejercicio de binomio ecuestre, resultaba necesaria su práctica para: no lastimar al caballo, pasar con la distancia justa, ejecutar el movimiento de brazo en tiempo y direccionar mejor el golpe.

En esas épocas no estaban provistos los sables de caballería que más tarde reemplazaron a las lanzas, de manera que se usaba el sable de oficial con la hoja afilada.

Los objetivos eran muñecos con cabeza de zapallo, cañas con papas o batatas en sus extremos, que se cortaban pasando por derecha o izquierda (de revés, un golpe mucho más dificultoso) También se efectuaban pasajes a punta de sable sobre muñecos de arpillera, aros y globos. En el equipo de montar, como precaución, no debía faltar un bajador; las levantadas de cabeza del animal eran previsibles, en coincidencia con los últimos ajustes del jinete (metidas de mano) y el lanzamiento del golpe.

CORRER ESCONDIDO (AL FLANCO (O MÁS ABAJO) DEL CABALLO)

Este ejercicio de destreza (como los anteriores, era aplicable al combate) tenía dos niveles de complejidad, el que estaba dado por la postura de ejecución y la recuperación del asiento del jinete una vez terminado el pasaje. Correr escondido al flanco, el más fácil de los dos, no requería modificaciones en el equipo, siempre que la montura tuviese pretal (muy útil para la recuperación del asiento) Para ir más abajo (prácticamente en la panza del animal), además, la estribera de apoyo debía alargarse al máximo o ser reemplazada por una especial para la prueba, con tal de ganar unos 30 o 40 centímetros más del largo usado por cada jinete. La cincha, estado y ajuste, era fundamental en esta actividad. Para los jinetes que corrían por debajo de los flancos se usaba doble cincha.

“CRISTO EN LA CRUZ”

Era un ejercicio altamente riesgoso, ejecutado al filo de la temeridad por lo vulnerable de la posición del jinete, por el descontrol total del caballo y por la gran dificultad de recuperación del asiento. Durante la prueba el jinete se desprendía totalmente de su asiento para quedar apenas apoyado sobre la grupa, con su torso colgando, sus brazos abiertos y la cabeza cercana a la batida de las patas del caballo. Con esto a control remoto, solo buenos abdominales, insensibilidad a los mareos y una buena rienda auxiliar a la montura, permitían al jinete recuperar el asiento antes que se terminara la pista. La montura debía asegurarse con doble cincha. A esta prueba la practique media docena de veces; no intenté una más, porque en la última no reaccioné oportunamente al intentar levantarme…Por otra parte ya tenía reemplazantes. La exclusividad de los que lograron hacer el “Cristo en la Cruz” hizo que no se me borrasen sus apellidos: soldado Gayoso, suboficiales Medina, Bustos, Salazar y Coccaro. Ellos representaron la excelencia en destreza a caballo, sobresaliendo por sus agallas y un estado físico impecable.

COLGARSE DE UNA SOGA A LA CARRERA

Esta prueba no estaba en la lista de las conocidas. La pusimos en práctica en el 4 de Caballería con el entonces subteniente Cándido López. Consistía en una soga que colgaba de un fuerte travesaño, sostenido por dos troncos de araucaria bien enterrados. El atlético sargento Schneider, armador de esta suerte de orca, quiso ser el primero en inaugurar su obra, sin tanteo previo y a todo trapo. Terminó en el suelo con las manos la miseria. Esto nos llevo a introducir algunos cambios: salir de la montura haciendo la escuadra, hacerle trabas a la soga y complementar su agarre apretándola contra el pecho. Con estas tres mejoras y siempre con guantes incorporamos una prueba muy vistosa. Daba gusto experimentar la sensación de pasar arriba del travesaño mientras se alejaba el caballo, corriendo a toda carrera.

VOLTEOS

En esta prueba se produce una armónica conjunción entre el montado y el ejecutante, en un entendimiento dinámico y vigoroso donde prevalece el atleta sobre el jinete. Existen tres tipos de volteos: simple (pique y asiento), doble (piques ambos lados) y cosaco (pique y asiento invertido).

Antes que intentar picar en el suelo es conveniente hacer una lamida de piso con el cuerpo en escuadra y los pies bien adelante para no quedar pagando. En el volteo doble, al pasar al otro lado se debe quedar colgando brevemente, para acomodarse y volver repetir el movimiento con precisión. En el volteo cosaco se pica de un solo lado, pasando el cuerpo sobre la grupa y montando al revés sobre la cruz del animal. Si bien llama la atención ver al jinete galopar al revés considero más dificultoso el volteo doble.

Para esta clase de ejercicio el caballo no puede ser cualquiera, debe tener buen pié, mucha estabilidad de dirección, regularidad en la carrera y baja alzada. Nosotros lo practicábamos con montura de tropa, tomándonos con firmeza de su borrén, hoy se lo ve facilitado a pelo y con una silleta especial (un gran cinchón con una firme manija de agarre) Los cosacos, cabe aclararlo, también disponían de un agarre especial.

PARADOS SOBRE LAS MONTURAS

Correr parados sobre las monturas era el primer escalón de la instrucción de destreza a caballo. Un ejercicio ejecutable con jinetes de poca experiencia, con algo de equilibrio y un mínimo de confianza en sus aptitudes. Como todo ejercicio de destreza en donde el asiento del jinete no estaba asegurado, un tropezón o un cambio brusco en los aires de carrera podía generar problemas serios. Por ser el equilibrio y la apostura las dos cuestiones a lucir, mejor era caballo duro de boca porque permitía erguirse sin perturbar su galope.

He tenido a mis órdenes algunos equilibristas que galopaban con los pies (sin calzado) apoyados en la montura y no metidos en los estribos, que siempre se usan cruzados. A medida que mejoraban las aptitudes de los ejecutores, esta prueba, podía complementarse blandiendo tacuaras (nunca lanzas) engalanadas con banderines o sables de caballería (cuando fueron provistos).

CUADRIGAS y PIRÁMIDES

El nombre genérico de cuádriga, se aplicaba a las trías, un ejercicio realizado con tres caballos uncidos y un jinete parado sobre la montura que la conducía. Podía tener otras variantes, cuatro caballos con dos jinetes sentados (en los del centro)y uno parado (sobre sus hombros o sobre la montura) La clásica y más vistosa en su especie, por la cantidad de jinetes (cinco como mínimo) y caballos acollarados (tres como mínimo), era la pirámide. He participado en pirámides de siete caballos y cinco hombres montados, dos parados en las monturas y un audaz sobre sus hombros, aguantando el flamear de una bandera. La complejidad de constituir e instruir una pirámide numerosa (con jinetes y caballos apropiados) hacia que el responsable del éxito de toda la exhibición pensase dos veces antes de incluirla. Como los caballos uncidos entre sí corren pegados, la proximidad de sus manos son una amenaza cierta de trastabillada o pialada. Con este vehículo ecuestre he visto rodadas descomunales, por suerte sin mayores consecuencias. Por eso, lo más práctico, más vistoso y con menos riesgos de papelones era apostar a las cuadrigas, cada una con un buen jinete y tres caballos probados.

Me permitiré dos anécdotas que, entiendo, serán más descriptivas y ricas en enseñanzas.

La primera tiene que ver con uno de mis primeros laderos en estos menesteres de la destreza a caballo: el subteniente Cándido López. Un día, encontrándome en instrucción con mi sección, el fuerte retumbar de cascos y el grito de “¡Guarda!” de mi amigo nos sacó de la rutina a todos los que nos encontrábamos en instrucción. Como una exhalación, Cándido López conduciendo una cuádriga de cinco caballos, pasó entre mis hombres. Todos los escuadrones detuvieron la instrucción para observarlo ¡Vaya si valía la pena! Era un espectáculo ver maniobrar a nuestro auriga criollo a toda carrera, bien erguido, haciendo figuras entre las irregularidades y obstáculos del campo de instrucción como si condujera un tanque, chapoteando charcos, manipulando sus diez riendas, dominando desde la cúspide de su montura la fuerza de sus caballos… Indudablemente, aquel día imborrable, ese valiente había resuelto medirse, el mismo, sus agallas.

Había llegado a mi nuevo destino como teniente primero cuando recibí la orden de montar un espectáculo de destreza a caballo en Paraná para los festejos del 9 de Julio. Con escasez de tiempo organicé algunas ejercitaciones simples y me reservé una pasadita con una cuadriga que me armarían para la ocasión. Absorbido por la preparación del resto de la exhibición no pude probar el vehículo, como correspondía, antes de participar en vivo. Cuando me presenté en el anfiteatro y monté, las paradas de manos, brincos y patadas entre los desconocidos jamelgos, hicieron que advirtiera el error cometido. En un santiamén, por contagio, el desbarajuste se volvió descomunal. Bandera en mano, haciendo equilibrio sobre la montura y sin alcanzar a tomar bien las riendas, eufóricamente ordené animar las fieras con un arreador. Esto, sí, salió perfecto, no había dejado de escucharse su chasquido y ya, mi bólido, había tomado la aceleración de un cohete. Los caballos eran rápidos y tan duros de boca que me resultó fácil pasar bien erguido frente al palco al grito de ¡Viva la Patria! La falta de respuesta a una tiradita de riendas preventiva me advirtió que la detención en el punto de llegada no iba a ser posible, de manera que decidí, o mejor dicho decidieron los caballos, efectuar un duplete, cosa que hice enhiesto, envuelto en los aplausos de un público que parecía no haberse percatado de mis inconvenientes. Descartado el triplete, como venía enfilé la cuadriga contra una casilla de control. Un impacto muy ruidoso y algunas maderas al viento anunciaron a todos los espectadores que el espectáculo había terminado.

TIRO CON CARABINA Y PISTOLA

Los cosacos rusos fueron verdaderos maestros combatiendo montados con armas de fuego, atacando o en retirada. Esta actividad, practicada como una prueba de destreza por mis hombres e informalmente ejecutada en casi todos los regimientos, no estaba establecida como instrucción, se combatía echando pie a tierra, parapetado detrás del caballo o enviándolo a la retaguardia. Como instructor (de combate y destreza) le encontraba a la práctica de tiro a caballo un par de beneficios. Contribuía al dominio del caballo sin hacer uso de las manos (dedicadas al arma) y se familiarizaba a la caballada con situaciones estruendosas (estampidos, explosiones…) propias del combate y eventuales en la destreza.

Recién con el hombre instruido como tirador y como jinete, se pasaba a las primeras prácticas tiro a caballo y con munición de fogueo; siempre cuidando alejar el estampido de boca del arma de las orejas del montado. El tiro con pistola (Marlincher en mis años mozos) se efectuaba con munición de guerra y estaba restringido al oficial y a algún suboficial antiguo. No existían restricciones con los campos de tiro. Las balaceas del 4 de Caballería se desperdigaban generosamente y sin consecuencias que lamentar, primero en los médanos de Cramer y Lavaise en Mercedes San Luis, tiempo después en los páramos de Junín de Los Andes, Neuquén.

Por lo que pude experimentar, con jinetes autóctonos en lugar de cosacos, el tiro montado a un buen aire de galope, no podía aspirar a ser mucho más que un fuego de exploración (por el fuego) o de protección (dificultar la puntería del enemigo) El estado en quedaban los blancos después de las prácticas, en relación con la munición consumida, estaba lejos de ser satisfactorio. A pesar de ello el tiro montado a caballo siguió, como una necesidad vital en la caballería: anticiparse al enemigo, sin detenerse. Quizás, para que se entienda, valga la pena recordar que los Jefes y oficiales del arma, de entonces, tampoco estábamos dispuestos a renunciar fácilmente al movimiento en nuestros procedimientos, al ataque en nuestras operaciones de combate y, mucho menos, a la ofensiva como principio de la conducción en todos sus niveles.

CARGAS DE CABALLERÍA

Siempre despertó mi curiosidad que, en las cargas de caballería, no se llegara al choque frontal. Según diarios de guerra de su época de oro, pese a los esfuerzos de los jefes, uno de los bandos siempre se disgregaba a último momento, pasándose directamente al entrevero o a la persecución. En una de aquellas inolvidables mañanas de instrucción con mi camarada de andanzas ecuestres el subteniente Cándido López decidimos experimentar lo leído ejecutando, con el mayor realismo pasible, un choque de caballería. La maniobra consistiría en cargar con nuestras secciones desde direcciones opuestas y, a último momento, oblicuar el movimiento para evitar el choque.

Todo anduvo muy bien mientras las prácticas no superaron el galope corto. El problema se produjo a la carrera y con quien menos esperábamos. López, quien montaba “El Pampa” con tan sólo un bridón como embocadura, no logro modificar la dirección de su caballo y fue seguido por sus huestes. Esto hizo que parte de su sección se incrustase contra la mía ¡Qué cuadro y que sonidos! Dos binomios completos fueron boleados por el impacto en espectacular pirueta. Hubo muchos contusos y lastimados, entre ellos Cándido López, quien quedó con una pierna a la miseria. Nos estábamos recuperábamos del encontronazo cuando se hizo presente el Teniente Coronel Fosbery con el Ford 35 del Regimiento. Un estafeta lo había alertado. Después de una breve inspección ocular del entrevero y habiendo cargado en el auto a los peores damnificados, con su particular semblanza de jefe del Arma, miró a los dos responsables y sentenció: “Espero que la próxima vez pasen mejor”.

Cuánto habría para seguir contando ¡Quién de los viejos soldados de caballería no recuerda aquellas instrucciones de orden cerrado montados, con las secciones en línea, en medio de los cardales, maniobrando en todas direcciones, cargando, lanza en ristre, contra supuestos enemigos!

CONCLUSIÓN

Ha pasado mucho tiempo, al punto que las grandes masas de caballería que conocí ya son historia, y ¡Qué historia! Nuestra generación fue testigo privilegiado de aquella época y del cambio tecnológico que sobrevino, tan necesario como avasallante. Cambio que sólo respetó a nuestros héroes de a caballo, no por compasión, porque no encontró reemplazo para los genes de Villegas, Lamadrid, Lavalle, Pringles, Brandsen y tantos otros. Por esa razón, todavía, sus ejemplos de bravura sobrevuelan nuestros tanques, nuestros cuarteles, nuestras competencias hípicas, nuestras reuniones y homenajes, las cunas donde crecen las vocaciones de nuestra querida Arma…Pero ¡Cuidado! Este legado de lujo no es de bronce, desaparecerá si la valentía no es moneda corriente en la Caballería, si el caballo, aún presente en nuestras unidades, no sigue siendo vertiente de audacia.

DEDICATORIA

Este escrito, finalizado en 1992, está dedicado a mis camaradas del Círculo de Caballeros de la Espuela. Por lo que representan en la Caballería de mis amores, por el espacio que ocupan en mis afectos y por ser responsables de mis últimos galopes intelectuales.

(*) El General de Brigada Eduardo Américo Lucchesi, perteneció a la Promoción 62, falleció el 09 Ago 93 a los 77 años.

Por el Cnl (R) Carlos Alberto Domínguez Silva

Compuesta por jinetes que montaban habitualmente en el picadero de la Caballeriza Militar “BUENOS AIRES”, la Cuadrilla de Alta Escuela, fue organizada en 1979 por indicación del Comandante y Director General de Remonta y Veterinaria, Grl Br D Ramón Camps, para acompañar al carrusel de adiestramiento del Curso de Maestro de Equitación de la Escuela de Caballería, durante las actividades del denominado “Año Mundial del Caballo”, realizando numerosas presentaciones en diversos lugares, entre los que se destacan, la Pista Central de la Sociedad Rural Argentina, el Campo Hípico Militar y los principales clubes hípicos de la Ciudad de Buenos Aires.

Integraban la misma el Cnl (R) D Victorio Mazzarol, juntamente con el Cnl (R) D Guillermo Francisco Pellegrini y el Cnl (R) D Marcelo Blas Renauld, siendo montados de los dos primeros los recordados caballos “Muñeco” y “Rosicler”, ambos ganadores del Campeonato del Ejercito, del Campeonato Nacional y pruebas internacionales de adiestramiento.

Para sus presentaciones usaban un Uniforme Especial, similar al Uniforme de Gala (con botas) que fuera de uso reglamentario en el Ejército Argentino, hasta finales de la década de 1930, el que fue reintroducido a mediados de la década de los sesenta, por el Director de la Escuela de Equitación, Cnl D Edwin Day, para presentaciones y pruebas internacionales del Equipo de Alta Escuela.

El uniforme que perteneciera al Cnl (R) D Victorio Mazzarol, fallecido en junio de 2015, se encuentra en poder de la Escuela Militar de Equitación, para su exhibición en su Sala Histórica.

Por el Cnl (R) Carlos Alberto Moratorio (*)

NOTA: La Campana de Cristal era un recordado programa de televisión que se transmitió por Canal 13 durante la década de los 60. El eje del programa pasaba por los desafíos que debían cumplir distintas entidades benéficas para acceder a una serie de objetivos comunitarios. Para cumplir esas “misiones” convocaban a figuras del espectáculo o del deporte que debían hacer tareas ajenas a sus conocimientos o capacidades, lo que le daba un atractivo extra a un programa por el que pasaron como conductores Héctor Larrea y Nelly Raymond y en el que debutaron en TV Fernando Bravo, Julio Lagos y Leonardo Simons.

Hecha esta introducción, vayamos a la anécdota relatada por el Cnl Carlos Moratorio en su “Memoria Autobiográfica”, de la cual editó solo una veintena de ejemplares para regalar a su familia y amigos.

“Con este nombre se podía ver en un canal de televisión un programa que conducía en 1969 Nelly Raymond y consistía en presentar en vivo y en directo, una escena ante un jurado que la podía aprobar o no. En caso de aprobarlo, el ganador (en este caso los participantes) debía donar el premio a una institución de bien público.

Para esa época yo me encontraba destinado en la Escuela Militar de Equitación como Jefe de Cursos.

La hija del Ministro de Comunicaciones estaba muy en el ambiente artístico y relacionó al grupo conocido de ella de la televisión, con los Oficiales de Aviación de Ejército; éstos iban al aeropuerto a buscarlas, pasaban el día en Campo de Mayo, tomaban el té y después eran devueltas en su lugar de origen.

La Campana de Cristal tenía como respaldo a una comisión de señoras que por medio de estas modelos comprometieron a los Oficiales, que eran casi todos de Caballería, a hacer un número que consistía en una carrera de cuadrigas. Como llegaba el tiempo de la presentación, los Oficiales se hicieron a un lado y el padre de la que hacía de nexo, lo llamó a mi Director para pedirle que le sacara las papas del fuego, haciéndose cargo del número. Llegó la fecha, faltaban 2 días, y en el baile estaba el Ministro, la hija, las modelos y los Oficiales.

Lo que faltaba a los Oficiales aviadores era capacidad para cumplir con lo prometido, donde estaban comprometidas una cantidad de firmas comerciales.

La carrera de cuadrigas era con gente vestida de romanos como acompañantes, debía ser gente muy conocida o muy popular. Ante la falta de respuesta de los aviadores el Ministro tomó el teléfono y le contó a mi Director, diciéndole que todo esto era para el día siguiente y nadie más que la Escuela podía sacar adelante esta promesa que habían hecho los aviadores. Yo tenía un curso sobresaliente de manera que el Director sabiendo de lo afinado que eran mis alumnos, me encargó la tarea y por otro lado le dijo al Ministro que le mandara los carros romanos para las cuadrigas, quedando comprometida la Escuela en poner los conductores y los caballos.

Llegaron los carros para participar al día siguiente en la noche, en la pista de aviación, que era la única iluminada en la zona y la proyección estaba prevista a las 23 horas. Practicamos todo el día siguiente en el Hipódromo de la Escuela, con toda clase de accidentes, con cambios de caballos y equipos pues la filmación se haría a la carrera. Como Oficiales conductores participaron Grazzini, Amieva Saravia, Saravia, algún otro que no me acuerdo y yo. De tanto practicar ese día, ya sabíamos que locura nos picaba a cada cual. Grazzini había tomado la costumbre que cuando los caballos se disparaban él se tiraba del carro.

En el lugar aparecieron los acompañantes vestidos de romanos. Mas (Oscar “Pinino” Mas – Histórico jugador de River), que subió de acompañante de Saravia, yo que iba con Ferreiro (Roberto Ferreiro – Jugador de Independiente y River)y en el extremo derecho iba Grazzini y a su carro se le subió Roma (Antonio Roma – Famoso arquero de Boca). Nos fuimos al fondo de la pista, alineamos los carros para hacer la largada, pero trascendió que Saravia le contó a Mas, que ellos iban a ganar porque Grazzini, el conductor del carro en el que iba Roma, se tiraba del carro en cuanto se las veía mal.

Remolinaron los carros antes de la largada hasta que Mas le gritó a Roma “Che Tano, tené cuidado porque el petizo ese de tu carro se tira”. Roma le dijo a Grazzini “¿Vos te tirás?”. “No, son mentiras”, le dijo Grazzini pero como los jugadores de fútbol tenían un susto tremendo, Roma le dijo a Grazzini:”Mirá, yo te agarro del cinto desde atrás y vos manejas el carro”. Así se hizo y estos dos: Roma y Grazzini fueron los ganadores de la prueba; yo llegué a la meta sin Ferreiro porque cuando vió la carrera medio arriesgada se largó del carro. Luego Nelly coronó a los ganadores y estos dieron el premio en obsequio como estaba previsto. ¡Viva Grazzini y Roma!”.

(*) El Coronel Moratorio, perteneció a la promoción 81 y falleció el 07 Mar 10.

CEREMONIAL

Entre la abundancia de episodios de Ceremonial del RGC no es difícil rescatar anécdotas, salvo las irrepetibles. Me referiré a una de ellas: la Ceremonia Inaugural de la Muestra Agrícola Ganadera de la Rural presidida por el General JUAN CARLOS ONGANÍA en el año 1966. Mi Escuadrón, el SAN LORENZO, encabezaba al Regimiento por lo que yo, como Jefe de la 1ra Sección, cabalgaba a pasos de la Carroza Presidencial. Esto me permitió seguir con lujo de detalles todo lo ocurrido, particularmente el caótico final.

Concluido el acto inaugural el Presidente volvió a instalarse en la carroza que, es bueno destacarlo, estaba siendo gobernada por un experto en carruajes, un verdadero ícono de la Caballería: el Suboficial Mayor ONETO (Padre) Sus cuatro padrillos hackney, bien alimentados y alejados del tranquilo ambiente pastoril de Campo de Mayo, se veían demasiado briosos entre aplausos y vivas. Así las cosas, con las riendas en las manos más idóneas que conocí, el carruaje traspuso la salida y se aproximó hasta el automotor presidencial. La detención se produjo a duras penas, debido a que la ruidosa aglomeración se había estrechado peligrosamente sobre el carruaje. En esas precarias condiciones de seguridad, en donde el cerco de los granaderos era lo único respetado por los que querían acercarse a saludarlo, el Presidente transbordó en su vehículo automotor y comenzó a alejarse. Fue en esa circunstancia cuando a un vendedor ambulante se le escapó un gran manojo de globos. Para la los caballos de la carroza, aquel el hecho fortuito, fue como una señal de largada. Pese a su diestro conductor, el bólido ecuestre se lanzó veloz hacia el frente, llevándose por delante a la Fanfarria y perturbando la estabilidad montada de varios de sus integrantes. En ese pandemónium, en donde los pífanos se esforzaban por no interrumpir “ITUZAINGO”, la Carroza Presidencial terminó estrellada contra un árbol. Nunca más transportaría a un Presidente.

AUTOR: Coronel (R) HORACIO JORGE FLEURQUIN
REDACTOR: Coronel (R) ALBERTO AMÉRICO LUCCHESI

DESPEDIDA DEL SHERMAN

Por el GB (R) Gustavo R. D’Amico

Estaba por finalizar mi primer año de jefatura en el Regimiento de Caballería de Tanques 8 “Cazadores General Necochea”, creo que era bien avanzado el mes de noviembre cuando recibo una llamada telefónica, como era habitual cada tanto, del Presidente de la Comisión del Arma, General de División (R) Valentín Osvaldo Venier, quien después de los saludos de rigor, pensé como en ocasiones anteriores, me preguntaría con un cálido y afectuoso “¿cómo anda el personal a sus ordenes? “. Pero en esta oportunidad fue directo al tema y me informa que en la reunión mantenida con el JEMGE, este le había aprobado la sede del próximo festejo del día del arma y que no era ni más ni menos que “Magdalena”.

Inmediatamente sentí una gran satisfacción por la elección del regimiento a mi cargo, seguida por cierta preocupación, ya que este regimiento carece de infraestructura para un evento de esa magnitud. Me despidió deseándome éxito en la tarea y que al término de la licencia de verano me haría una visita para coordinar algunos detalles de la ceremonia.

Después de asimilar la noticia y comenzar a hacer las primeras evaluaciones, el interrogante principal era ¿Qué hacer? para que el día del arma fuera novedoso y atractivo. Hasta ese momento las formaciones precedentes habían sido montadas a caballo y no podía ser diferente en esta ocasión, pero el fuerte del regimiento eran los tanques, así que ambos debían estar presentes.

En esa época el RC Tan 8 era, por su proximidad a Bs As, material de dotación y campo de tiro, la unidad responsable de organizar las demostraciones de combate de armas integradas de la Br Bl I, las que se realizaban cuando el Ejército Argentino era visitado por autoridades militares extranjeras. Participaban en ella una sección de I Mec del RI Mec 7, sección de tanques del RC Tan 8, piezas de artillería del GA Bl 1, GA 1 y helicópteros artillados del B Av 601. Esta actividad, ya casi rutinaria para el regimiento, no requería de preparación especial, así que fue incluida en los actos.

La fracción montada fue un desafío en transporte y alojamiento por la cantidad de ganado requerida, en total 260 yeguarizos y el regimiento solo contaba con 60 boxes; no me explayaré en la solución a este problema porque no viene al caso que deseo recordar.

Por ese entonces, el General de División (R) José Antonio Lubín Arias se desempeñaba, con sus 93 años, como Jefe Honorario del RC Tan 8. Había sido su Jefe en el año 1948, con sede en Campo de Mayo, y fue durante su jefatura que le toco recibir como vehículo de dotación los primeros tanques Sherman que ingresaron al país.

La Br Bl II ya había completado la provisión de los tanques TAM, en remplazo de los viejos Sherman que tenían 50 años de servicio en el Ejercito Argentino. Es así que aprovechando tantas coincidencias, surgió la idea de despedir en la ceremonia al tanque Sherman, efectuando a modo simbólico su último disparo, con impartición de la orden de fuego por parte del Jefe Honorario, e integrando, como uno más, la demostración de combate con vehículos que tecnológicamente lo superaban 50 años.

El Sherman más próximo a Magdalena se encontraba en el RC Tan 12, con asiento en Gualeguaychú. Se desempeñaba por ese entonces como jefe, el actual General de División Jorge Ángel Tellado, con quien me comuniqué para comentarle la idea y tomar conocimiento del estado de mantenimiento del material para participar en una demostración de combate. El entonces teniente coronel enseguida se entusiasmó con la idea y de inmediato impartió las órdenes para su concreción.

Se aproximaba el día de la celebración y el regimiento comenzaba a poblarse de personal, material y ganado, al punto de saturación de las escasas instalaciones existentes, entre ellos un tanque Sherman, tan bien mantenido que parecía recién salido de fábrica. Como anécdota debo decir que los días previos al evento no paró de llover y el campo de instrucción, por su pésimo estado, era una exigencia a la transitabilidad inclusive para los ágiles TAM.

Al fin llega el día de la ceremonia, 25 de abril de 1998, con un clima increíble y sol radiante. Pasadas las 11 de la mañana, hora de inicio de los actos, comienza la demostración de acuerdo a lo planeado, el barro y la pésima transitabilidad del campo era un tema preocupante. Llega el momento esperado y el Sherman se aproxima a todo motor para ocupar su posición de tiro y lo hace con una capacidad de maniobra asombrosa para las condiciones del terreno. Ya lo estaba esperando con micrófono en mano el Grl Div (R) José Antonio Lubín Arias para impartir la orden de disparo.

Comienza con el clásico “Misión de fuego… Apuntador…” que sonaba por los altoparlantes, mientras aumentaba mi preocupación, “A las once… Tanque… Perforante… 1.0.0.0”, hasta que llega el clásico “¡Fuego!”. Todos los presentes contuvieron el aliento mientras se produce un silencio que me pareció interminable porque el apuntador demoró la puntería para asegurarse un impacto certero, como después me comentó. Impaciente, el general expresa con vos enérgica… “¡Puta…no dispara!”, cuando en ese instante se produce el estruendoso disparo, coronado con un impacto certero, y el tanque que se retira del lugar con la misma agilidad con la que había entrado en posición.

Con esto no termina la despedida exitosa del tanque , ya que al final de los actos se realiza el desfile de los blindados participantes, 15 en total y a la cola el Sherman, que marchaba sin perder distancia del vehículo que lo precedía , un cañón autopropulsado de 155 mm de la familia AMX, que en el momento más inoportuno se queda empantanado justo frente a la tribuna del JEMGE, nuevamente silencio y expectación del público, pero casi al instante, el Sherman que había detenido la marcha larga una bocanada de humo negro por el escape por la rápida aceleración de su motor y bloqueando una oruga elude el obstáculo al frente y se pierde en el horizonte a toda marcha.

Seguidamente estalla un cálido aplauso entre el público presente, en señal de reconocimiento a este noble tanque que prestó servicios al Ejercito durante tantos años.